Salamanca pretérita

Hay ciudades que cual virus informático desprograman tu destino. En mi caso particular, y en el de algunos de mis personajes, esa inquietante urbe capaz de trastocar mi suerte es Salamanca.
mapasalamanca
Si en la novela “Un faro sin mar” adjudiqué a Edgardo Ángeles un supuesto origen salmantino fue para situarlo en el Puente Romano, caminando bajo la nieve, y para poder oírlo hablar con ese acento ligeramente cortante y solemne que a todos los Mediterráneos nos parece “tan castellano”. Pero sobre todo, para que transmitiese su fascinación hacia esa energía que irradia Salamanca, tan fina y hermosa, que hasta duele mirarla. Sólo algunos lugares de América del Norte, y en especial de México, son capaces de producirme una sensación de paramnesia tan potente como la que me produce Salamanca. Y tal vez por ello (caigo ahora en la cuenta), trasladé a otro de los personajes del libro, apodado “El Cometa”, una fijación premonitoria hacia Banff, Canadá. Uno de los enclaves geográficos más “virales” con los que el sino de mis criaturas de ficción (y yo misma) nos hemos topado por esos mundos lejanos.
Es probable que la simple lectura de estas líneas traiga a su memoria el recuerdo de su ciudad pretérita, ese particular entorno que afecta el modo en que percibe la realidad, ese lugar (desvinculado por completo de sus gentes y sus costumbres actuales) cuyo aliento parece incitarles, acariciarles, donde el tiempo se ralentiza y fluye al compás de un intrínseco abandono. He ahí la señal: esa especie de hipnótica laxitud que, cual hito en nuestro deambular por esta vida, señala el comienzo de un verdadero romance. Porque así es como se presenta la corazonada (que no es más que un ardid), como una sincronía perfecta que alienta el reencuentro con el misterio.
Mi amigo, el físico teórico David Peat, me contó hace años que ningún alquimista podía trabajar sin un contenedor, y Salamanca es exactamente eso: un contenedor alquímico.
En “Un faro sin mar” Edgardo Ángeles parece estar en sintonía cuando escribe al ave de paso: “Sé que la imagen de una pirámide subyuga tu atención del mismo modo que mis pasos son atraídos por la Plaza Mayor de Salamanca. Por eso te escribo desde este lugar: el corazón de una ciudad que nunca existió para los dos, y que sin embargo, nos acerca”.
Dicen que todos los caminos llevan a Roma, pero… ¿a qué Roma/amoR? ¿A la capital de Italia o a Roma la chica? Es decir: a Salamanca. Mis pasos son atraídos de nuevo hacia el mítico territorio de mis propias fantasías, a más de 800 metros sobre el nivel del mar, la altura adecuada para conformar un buen nido de ficción.
Tal vez me aleje por un tiempo de estos lares virtuales, y aunque me aguardan algunas encrucijadas, seguiré escribiendo, y confío que a mi regreso a esta bitácora, pueda compartir con mi gente algún que otro cuento.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: