Archivo del Autor: Miryam Servet

F. David Peat, Mentor Maestro Mago. In memoriam

Quiero pensar en David bailando alegremente, más allá del orden implicado, en esa otra dimensión del misterio, al fondo del mismo acto creativo, en el Big Bang de las grandes y pequeñas cosas que conforman la realidad de los que estamos de este lado del infinito.
Quiero pensar en él, y olvidar que se ha ido, que su cuerpo se ha disuelto en el aire, y que nunca volveremos a vernos en este plano que llamamos vida.
David in Pari foto Miryam Servet
F. David Peat fue, es, y será algo más que David para mí y para el resto de los seres a los que trató e inspiró. Si de algo me siento feliz es de haberlo reconocido nada más posar mis ojos sobre el primer libro suyo que cayó en mis manos: Sincronicidad. Fue en un mes de mayo, a finales de la década de los 80, en un avión rumbo a Madrid. Décadas más tarde, en nuestra aventura común de viajar sin fin hacia Turtle Island, realicé esta fotografía que refleja, como ninguna otra, el sutil baile que desdibuja la percepción de la materia.
F. David Peat © MIRYAM SERVET
David, entre otras muchas virtudes, poseía una jovial disposición hacia la alegría, y una admirable capacidad de deleite ante el júbilo de estar vivo. Por ello, quiero recordarlo así: bailando entre mundos, coreografiando sobre la marcha pasos y gestos de verdadera acción gentil, sincronizando experiencias y transmitiendo esa sabiduría que el tiempo reconoce como suya, y el universo absorbe y proyecta sobre sus lectores, amigos, parientes y familia cercana: esposa, hijos y nietos, a los que David amaba sobre todas las cosas.
Los átomos no imploran descanso eterno, cualquier resquicio material envuelto en la energía de David baila en este instante en que nosotros invocamos su recuerdo, y proclama a los cuatro vientos todo aquello que conforma su esencia.
PARI foto Miryam Servet
Lean sus libros, viajen a Pari, abracen a sus seres queridos, rían, coman y brinden por él, pero ante todo, no dejen de maravillarse ante el misterio de la vida, celébrenla como él hacía: simplificando la existencia, siendo gentiles con el prójimo y respetando la naturaleza.
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We love you

Hace tiempo publiqué en esta bitácora un texto titulado Salamanca pretérita que comenzaba así: Hay ciudades que cual virus informático desprograman tu destino. En mi caso particular, y en el de algunos de mis personajes, esa inquietante urbe capaz de trastocar mi suerte es Salamanca.
Por aquel entonces vivía en Madrid, mucho más cerca de la capital charra, y más cerca aún de mis recuerdos de una escritora llamada Carmen Martín Gaite, a la que nunca dirigí la palabra en vida, pero a la que observé de cerca en el Círculo de Bellas Artes o en el Gijón y otros cafés, desde la atalaya del respeto, y desde hace algún tiempo, desde las páginas de su obra.
libro-cmgaite
Nacida un 8 de diciembre en la Salamanca prebélica de 1925, dejó este mundo mientras yo andaba lejos, muy lejos, allende los mares, residiendo en la Ciudad de México a comienzos de siglo, en esos albores cada vez más lejanos del nuevo milenio. No supe de su partida terrenal en su momento y he tardado años en leer su obra póstuma, en especial, una novela llamada Los Parentescos, ya que habitaba otros rumbos, y no supe que existía hasta hace unos meses, cuando, explorando los estantes de la biblioteca pública, me topé con ella.
Toda aquella persona dada a deambular por una biblioteca bien surtida conoce el fenómeno de ese libro que llama tu atención. A veces es por el título, otras por la portada o la sinopsis, otras porque conoces al autor o autora y quieres adentrarte más aún en su mundo de ficción. Ese mundo reconfortante donde, a veces, sentimos que no estamos solos, que existen almas afines cuya percepción de la realidad, inteligencia, sentido del humor, humanidad, y sobre todo, sensibilidad, conectan o confluyen con nuestro ser de un modo profundo que no deja de sorprendernos.
martin-gaite
Carmen era de esas escritoras a las que la vida ha dado la oportunidad de encauzar su obra adecuadamente, una de esas escritoras reconocidas y premiadas con los más distinguidos galardones, pese a ello, era, es y será, una escritora de raza, una muchachita rebelde y sin edad cuyo pulso adolescente vibra entre líneas, con un aspecto físico coquetamente estrafalario, que le confiere un aire bohemio e intemporal, con ese gesto acechante y ligeramente mordaz, y esos pequeños detalles en su obra y su atuendo que claman al cielo. Decenas de ellos, tal vez cientos. Pero para resumir mi afecto y agradecimiento, y para motivaros, si eso es posible, a acercaros a Los Parentescos, su obra póstuma, esa obra en la que Carmen depositó su último aliento, y en la que se dejó, literalmente, la propia vida, me quedó con ese pequeño broche prendido a su sempiterno sombrerito de lana en el que podemos leer: Love me.
We love you Carmen. Thank you!

Relato: “Yo no pedí nacer”

Nota de la autora: cuando era niña, mi abuela materna (que no veía bien), me pedía que le escribiese a sus seres queridos de su parte. “Yo no pedí nacer” es lo que me hubiese gustado escribir en nombre de otra sufrida abuela que vivía pendiente del teléfono, y a la que nadie enviaba carta alguna. Aunque ya nadie escribe cartas al uso, cuento con un mar llamado Internet y con este blog que, de cuando en cuando, lanza mensajes en botellas a internautas anónimos que navegan por él. Que los vientos y mareas os lleven a buen puerto.

Desde un lugar del Mediterráneo, 20 de junio de 2016

mensajenbotella

YO NO PEDÍ NACER

No vuelvas la vista atrás, ni pienses en el futuro. Si quieres salir viva del brete existencial en el que te encuentras, tira la toalla, baja la cabeza y entrégate, eso es: con las manos en alto, como lo haría un maleante cualquiera si lo detiene la pasma.

Ya sé que no vas armada con un fusil de asalto como un joven texano, y que tu violencia es sólo un recurso verbal de pacotilla post-adolescente, una toalla empapada en lágrimas de frustración y desencanto.  No pediste nacer, eso ya lo sabemos, también lo dijimos nosotros y eso no nos exculpa de haber destruido (o haber consentido que otros destruyan, que viene a ser lo mismo) todo aquello que deberíamos haber protegido por mera supervivencia, y porque tú no pediste nacer, ni tus hermanos, como tampoco lo harán tus nietos (si es que alguna vez llegas a tenerlos).

Deja atrás la inocencia ensimismada de rimas perfectas o libres versos rebuscados de inspiración foránea. Bienvenida seas pues a la dura realidad: la soledad total (verdadera sal de la vida sobre las heridas abiertas del alma de un poeta). Sí, ya sé que no es plato de buen gusto: la soledad total. Pero en ella habitamos, y en ella habita un ser al que has descuidado con tu imperiosa necesidad de autocomplacencia sentimental: tu abuela. Así es, esa viejita nonagenaria a la que quizá no vuelvas a ver nunca más. Esa viejita que para mí lo es todo y que para ti no es nada. Esa viejita cuyo corazón es la mejor novela jamás escrita y que tú, por tu insensata altivez, jamás leerás.

Algún día, cuando tus desagradecidos hijos o nietos (si es que alguna vez llegas a tenerlos) te digan que no han pedido nacer, cuando ni tu abuela (ni yo) estemos aquí para poder consolarte del inmenso y desgarrador dolor que produce la indiferencia de un ser al que has amado, amas y amarás mientras vivas. Entonces, y sólo entonces, recordarás este momento en que pudiste lanzarte al teléfono o enviar una tímida misiva a una viejita que podría haberlo sido todo para ti, y sin embargo, optaste por torcer el labio superior (como tan bien sabes hacerlo) para murmurar hacia tus adentros: <<que se vayan a la mierda. Yo no pedí nacer>>.

 


Dicotomía para estos días de lluvia

Como programadora de la televisión pública que fuiste, en otro tiempo y lugar, echas de menos esos contenidos que una vez formaron parte de nuestra propia televisión a la carta. Una caja nada tonta, repleta de programas estupendos seleccionados para aportar a la audiencia mucho más que mero entretenimiento. Situarte en el tiempo te abruma, y volver a Latinoamérica, aunque sea por un instante, hace que la cuarta parte de tu composición genética, es decir: tu lado gallego, se ponga a soplar la gaita de la morriña que tanto saca de onda al resto del personaje de carne y hueso que ahora represento en este plano, y que es, básicamente, mediterráneo, es decir: pues eso, creo ya nos vamos entendiendo.
Sirva esta dicotómica presentación para compartir contigo (y con ustedes/vosotros) algunos contenidos culturales que he tenido la suerte de revisar durante estas últimas semanas. No son nuevos, llevan un buen rato circulando por estos mundos, pero yo me he topado, o reencontrado con ellos, durante estos pasados días de lluvia en Madrid. Son tres, como debe ser: una película documental, una serie de televisión y un libro.
postersugarman
Searching for Sugar Man es la película documental. Me quedé sin verla en la gran pantalla en su momento (lástima), así que para resarcir mi falta, la he visto 2 veces seguidas en DVD. Con eso lo digo todo, o no digo nada, para qué… Verla si tenéis ocasión.

sampedro

Imprescindibles dedicado a José Luis Sampedro
Imprescindibles es una serie de tv de La 2 que merece la pena revisar. Se pueden seleccionar sus episodios a la carta. Aquí os paso el programa dedicado a José Luis Sampedro que he vuelto a ver estos días y que sigue vigente en mi memoria.
libroSPàmies
Y por último, os hablaré de un escritor catalán nacido en París, Sergi Pàmies. Rara es la vez que los entresijos de la narrativa conectan con mi radar de la complicidad. Pero me hablaron de él como de alguien que podría interesarme como lectora y, tengo que admitir, que así ha sido. Leí de un tirón el libro de relatos “La bicicleta estática”, y ahora vuelvo a hacer lo mismo con “Canciones de amor y de lluvia”.
Y sí, qué daño hace la lluvia cuando uno está compuesto, mayoritariamente, de genes que adoran el sol.

Boyhood

Bajo la premisa de haber sido filmada a lo largo de 12 años, y utilizando a los mismos actores como punto de partida, arranca esta hipnótica fábula de Richard Linklater sobre el universo texano de un niño llamado Mason, al que en los próximos 165 minutos de duración de “Boyhood” veremos transformarse en otros muchos Mason. Una experiencia visual insólita por el realismo que transmite al espectador.
BOYHOOD promotional poster
Web oficial de la película en español 
El camaleónico (niño-adolescente-joven) actor Ellar Coltrane, secuencia a secuencia, va conformando su personaje desde los 6 a los 18 años, en un proyecto de hombre futuro al que percibimos en todo su candor como un ser dotado de una sensibilidad, que difícilmente augura un final abiertamente feliz-infeliz; aunque, tal vez, tenga una oportunidad. Y ese tal vez, es lo que me mantuvo conectada a la trama, disfrutando de las mutaciones corales de los actores principales, tanto de Ethan Hawke, como de Patricia Arquette, y el de la niña-adolescente-joven Lorelei Linklater, en sus personajes de padre + madre + hermana mayor de Mason. Un verdadero triángulo de las Bermudas para el navegador interno de cualquier niño-adolescente-joven de clase media en plena tormenta hormonal.
“Boyhood” es una de las pocas películas que me gustaría ver otra vez desde el final al principio, volver de nuevo a esa primera imagen de Mason, acostado sobre la hierba, viendo las nubes pasar, esas nubes que fluyen como la vida misma, cambiando de forma, a veces tan lentamente que se precisa de tiempo para percatarnos del cambio, y en otras ocasiones, desdibujando la realidad que conocemos en un abrir y cerrar de ojos.
Una película muy recomendable para (eternos) adolescentes europeos, a los estadounidenses les está vetada con la gran R por aquello de contener algo de sexo y un ligero y timorato consumo de alcohol y cannabis. Eso sí, a los 15 años Mason recibe un rifle y una biblia con las palabras de Jesucristo resaltadas a todo color. Sólo por eso, deberían bajar la guardia en USA y permitir a los sufridos visionario-productores de esta cinta (¡benditos sean por su total fe en un proyecto que, sobre papel, es un total disparate por los numerables riesgos que entraña!) disfrutar de los beneficios económicos que bien merecen por apostar por un CINE con mayúsculas, al igual que de los múltiples reconocimientos que la película está teniendo y tendrá.
 

5 epifanías para 1 corazón roto

 

heart

Agradece nuestro impecable desdén hacia tu infortunio amoroso, consiguió que volvieras en sí.
Mirar atrás envejece, mirar hacia adelante es encararse con la muerte.
Aquello en lo que somos y estamos permanece a salvo. 
Siempre es posible ganar pero lo más probable es que pierdas.
Si crees haber visto a alguien a quien una vez amaste y sigues caminando es que todo va bien.

A ver qué pasa


Inmortales

Huella-canción reparadora

Si las canciones, como afirma Joni Mitchell en el tema Blue, son como tatuajes, ni el laser de los años es capaz de borrarlas por completo.
Al igual que Violeta Parra, hoy vuelvo a los diecisiete. Aunque más que volver, sería más exacto decir que llego de nuevo a esa cifra que me aproxima a la mayoría de esa otra edad.
Así es, un sábado 29 de marzo, pero de 1997 (que en aquella ocasión, al coincidir con la Semana Santa, fue un “Sábado” con mayúscula: Sábado de Gloria), morí para volver a nacer, horas más tarde, en el Estado de Tlaxcala, México.
Por tanto: hoy cumplo diecisiete años de mi segunda vida, y me gustaría celebrarlo compartiendo una canción que de pronto ha surgido de la nada: “Fix You”, cuyo contenido había olvidado, y que apunta hacía esa luz que te trae de nuevo a casa, te recompone, y te vuelve iridiscente.
Asusta o maravilla (según se mire) pensar, qué rápido pasa el tiempo una vez traspasas la barrera de las cuatro décadas sobre la Tierra. Pero aquellas personas a las que la vida ha dado otra oportunidad tras una grave enfermedad, o como en mi caso: un accidente; aquellas que llegamos hasta el umbral de la luz y regresamos de nuevo a casa, somos criaturas muy afortunadas, porque por un instante que jamás olvidaremos, volvimos a Ser inmortales.

En el océano virtual

 

Huella-libro isla

Dentro de este contenedor de cristal se encuentra un mensaje que bien podría estar conformado por mil palabras. Lo he escrito para ti, que desde hace tiempo, esperas algún tipo de señal del Universo para aventurarte literariamente a navegar (sin miedo y sin rumbo) por la Red.
mensajenbotella
Pero como cuentan que una imagen vale más que todo aquello que puedas lanzar al océano virtual, elijo el recurso del náufrago, ese al que llaman: “lo último que se pierde”, antes de que mi literaria mente claudique y se entregue al no-tiempo, y mientras escucho a las aves parlanchinas de “Island”, el libro-isla de Aldous Huxley, desgañitarse con sus “Attention! Karuna, karuna” (que vendría a significar, aquí y ahora: Mantén la atención! Ten compasión, ten compasión).
Island

La isla, Aldous Huxley

De hecho, con menos de 140 caracteres, podría hoy en día alcanzar los confines del mundo que tú habitas para encontrarte de nuevo oteando el horizonte, urdiendo a todas horas el modo más rápido y seguro de llegar a buen puerto.
Como simbólico mensaje de optimismo, sólo pretendo dar tregua a esa incesante deriva lectora que te trajo desde un faro-libro (sin mar) hasta mi costa. Y, aunque, al igual que la mayor parte de los náufragos virtuales, me dedico a observar ciclos de luna y mareas desde una isla-computarizada, y no sé qué entiendes por “llegar a buen puerto”, te cedo todas las aves parlanchinas, junto al gesto de enviar un auténtico mensaje en una botella, y también un libro-isla, por si, antes de volver a proyectarte hacia tu anhelado destino, decides hacer escala en el único “puerto” en el que podemos encontrarnos: este preciso (y precioso) momento.

Perdidos en traducciones

Aquellos que viven de la palabra me recuerdan que en el colegio estudiaba latín, por lo que debería traducir “cogito, ergo sum” por “pienso, luego existo”.
Yo que vivo en la palabra, les indico que también estudiaba francés, y que la locución latina es una interpretación del “je pense, donc je suis” de René Descartes.
 Meditationes
“¿Crees en la existencia desligada del pensamiento?”, me pregunta un contertuliano que vive holgadamente del manejo de las palabras.
“Creo, luego… insisto”, le contesto.
“Creencia versus creatividad”, matiza otra contertuliana, estrechando la brecha que separa nuestras posturas con un leve gesto que no logra transmutar en sonrisa.
Admito estar perdida en traducciones, pero hoy en día puedes contar con ayudantes virtuales en la red que, probablemente, atiendan tus necesidades y te ofrezcan una interpretación literal.
Así que sugiero que busquen en esas tabletas móviles interconectadas que todos llevan consigo y… voilà!
Ya que no dispongo de ese tipo de herramientas portátiles tan sofisticadas, espero pacientemente hasta que otro de los contertulianos aporta la siguiente propuesta alternativa al “pienso, luego existo”, que en “francés internauta” traducen por: “je pense, tout de suite existe”.
¡Y ahora sí que la hemos liado! El gallinero cartesiano rechaza de plano la incorrecta traducción para internautas, y opina esto, y aquello, y lo de más allá, sobre el pensamiento y la existencia.
Creo que no debería asistir a tertulias literarias, y mucho menos, filosóficas. No tengo madera de gallo de pelea para discutir con los apabullantes pensadores de salón. Sus mentes parecen estar sintonizadas en una frecuencia de onda tan ruidosa que apenas escuchan lo que los demás quieren transmitir.
Este juego del intelecto, tan alejado del verdadero diálogo, al que ellos llaman conversar, consiste en imponer un discurso brillante y contundente. También habría que señalar la importancia de arrancar con una postura bien definida desde el comienzo. El argumentar con soltura y frenar en todo momento los avances del oponente-interlocutor, son características igualmente valoradas, junto al punzante sarcasmo y la soberbia ironía.
La vida, mientras tanto, transcurre más adentro, donde yo me encuentro preguntándome: <<¿qué demonios hago aquí? Tal vez, la sensación de no encajar, proceda del hecho de existir sin necesidad de pensar>>.
“¿Y si no piensas, sobre qué escribes?”, me increpa un joven escritor, traduciendo a su manera mi prolongado silencio.
Soy incapaz de articular una respuesta cuando alguien, que necesita imperiosamente destacarse, se abalanza hacia mí con la fiereza de una bestia acorralada.
De ser una auténtica tertuliana, dispararía a matar. Otra opción más civilizada sería disparar al aire con un simple: <<No he dicho que no piense, más bien, que no pienso cuando escribo>>.
Pero como no tengo ni la más remota idea de cómo sujetar un arma, me levanto, recojo mis cosas y, caminando hacia la puerta, me giro hacia los tertulianos y les digo lo primero que se me pasa por la mente (sin pensar):
“Sólo sé lo que escribo, y creo lo que soy”.

Inquietantes anuncios

Llevo un tiempo sin prestar la atención debida a esta bitácora por motivos que sabréis comprender: estoy en plena actividad creadora.
Hoy, tras recibir un mensaje sobre uno de los relatos que publiqué hace más de un año, he visto que la plataforma de wordpress incluye anuncios que yo no puedo ver.

anuncio antiguo de mantequilla

Anuncios de este estilo, imagino yo.

Como, tras la publicación de un escrito, no leo mi propio blog, no me había percatado de que los lectores (es decir: vosotros), encontráis publicidad de todo tipo en la parte inferior de la pantalla.
Esto es lo que yo puedo leer, aunque no veo el contenido del anuncio en cuestión:
Acerca de estos anuncios
En ocasiones, algunos de tus visitantes pueden ver aquí un anuncio.
Quiero saber más | Ignorar este mensaje
He decidido no ignorar el mensaje y saber más acerca de esta actividad furtiva e inquietante. Inquietante, porque los anuncios, aparentemente, sólo se ven “en ocasiones”. ¿En qué ocasiones? ¿Quién decide qué escrito debe ir acompañado de información sobre una eficaz dieta de adelgazamiento, un potente quitamanchas o un seguro de coche a todo riesgo?
Bien, tras indagar un poco más, he averiguado que mantener un blog en la red le cuesta un dinero a la plataforma, y que si no quiero que “mis lectores y lectoras” vean estos anuncios, tengo que pagar una cuota anual.
Mal asunto “mis sufridos lectores y lectoras”. Lamento las molestias que esto pueda causaros pero estoy sin blanca.
Desearía evitaros los inoportunos (incluso irritantes) señuelos publicitarios pero los creadores independientes ofrecemos la mayor parte de nuestro trabajo sin recibir dinero a cambio. Y lo hacemos, porque consideramos que, ante todo, estamos compartiendo algo genuino cuya finalidad es la de conectar, por méritos propios, con un segmento de la población. El que un buen día, tanto a la obra como al artista, les llegue “su momento”, y puedan vivir de sus “producciones” sin necesidad de realizar otro tipo de trabajo, casi siempre ingrato y mal remunerado, es más bien una cuestión de suerte.
Hasta los proyectos más comerciales, pese a tener todo a su favor para “vencer” la resistencia de los “compradores”, requieren de una masa crítica para “convencer”. Y en nuestro caso: el de los “creadores marginales” (porque eso es lo que somos, al divulgar nuestras obras fuera del circuito e influencia de las grandes editoriales), aún más.
Es por ello que necesitamos “vuestra voz”, es decir: que corráis la voz para que se produzca el tan deseado “boca a boca”. Ese pequeño milagro del que tanto se habla en las redes y que un buen día propicia que una determinada creación tuya llegue hasta la persona adecuada, el lugar indicado, en el instante preciso.
Dicho esto, abogo por vuestra comprensión esperando que evitéis todo contacto visual con cualquier anuncio que aparezca en esta humilde bitácora.
La publicidad forma parte de nuestras vidas, y al igual que el ruido de fondo de la gran ciudad o de tu propia mente, puedes apagarlo. Sólo tienes que dejarte llevar (sin miedo) por estas líneas que comparto contigo, aquí y ahora.
No te precipites hacia la conclusión de la historia donde, en vez de encontrar la palabra fin, te puedes topar con un anuncio de sopa instantánea o de teléfonos “inteligentes”. Disfruta de la lectura, y en cuanto llegue el punto final, quédate con la energía de las palabras.
Todo lo demás, tal y como os decía en el último escrito que colgué en esta bitácora: sobra.

obraSobra

No hay obras pequeñas. Un libro es bueno, muy bueno, o una obra maestra. Todo lo demás, sobra. 

A propósito de Llewyn Davis

Vivimos atrapados en diversos mundos paralelos que a veces, cuando convergen, producen una sensación de desasosiego difícil de aplacar.
Los mundos a los que me refiero son básicamente dos: el de la aparente realidad y el territorio virtual (como esta bitácora en la red en la que nos encontramos).
En las primeras semanas de 2014 que llevamos recorridas son muchas las relaciones, amistades reales y/o virtuales que retoman contacto a través de internet para saber qué tal te va y qué planes tienes para este nuevo año. Hasta ahí, todo bien, porque siendo (o figurando ser) criaturas gregarias, no hay nada peor que sentirse ignorado y relegado por la manada.
Sobre sentirse ignorado, comienzo por destacar una de las primeras películas que he visto este mes de enero: Inside Llewyn Davis (A propósito de Llewyn Davis) de Joel y Ethan Coen.
Algunas veces las sincronicidades están ahí mismo: escritas en un muro, sólo para ti.
Sincronicidad como la que experimenta Llewyn Davis en una secuencia de la película (incluida en este tráiler), que es una oda al auténtico perdedor, el cantante folk incomprendido que aparece en escena a destiempo, un poco antes que irrumpa en el Village neoyorkino: Robert Allen Zimmerman (un chico judío de clase media nacido en Minnesota, como los hermanos Coen) con su atractivo disfraz tridimensional de: poeta maldito, fotogénico vagabundo americano y proletario comprometido. Todo un cantautor (rebautizado con un nombre mucho más cercano: Bob, y un poético-maldito remate final por apellido: Dylan), dotado de un talento y una voz que al promotor de turno, como el que aparece en Inside Llewyn Davis (soberbia interpretación la de F. Murray Abraham) le tuvo que sonar a dinero, como a Fitzgerald la voz de Daisy en “El Gran Gatsby”.
Y es que con Bob Dylan, y en Bob Dylan, había para todos los gustos, algo y mucho de: Dylan Thomas, Arthur Rimbaud, Woody Guthrie, y Dave Van Ronk (cantante folk en el que está inspirado el protagonista de la película de los Coen, interpretado por el actor y músico de origen guatemalteco Oscar Isaac).
What are you doing? (¿Qué estás haciendo?). Buena pregunta para esta época del año de anhelos y propósitos encontrados. Propósitos (alguno de ellos) como los que abruman a nuestro antihéroe: Llewyn Davis.
Tanto si tienes dinero en la voz, como si no lo tienes, esta sincronicidad cinematográfica va por ti, porque si has dedicado unos minutos de tu vida a ver el tráiler, has escuchado la canción Fare Thee Well, y pese a ello, sigues leyendo estas líneas, es que: a lo mejor, tú también, andas buscando una pequeña señal del Universo.