Archivo de la categoría: Huella-libro

We love you

Hace tiempo publiqué en esta bitácora un texto titulado Salamanca pretérita que comenzaba así: Hay ciudades que cual virus informático desprograman tu destino. En mi caso particular, y en el de algunos de mis personajes, esa inquietante urbe capaz de trastocar mi suerte es Salamanca.
Por aquel entonces vivía en Madrid, mucho más cerca de la capital charra, y más cerca aún de mis recuerdos de una escritora llamada Carmen Martín Gaite, a la que nunca dirigí la palabra en vida, pero a la que observé de cerca en el Círculo de Bellas Artes o en el Gijón y otros cafés, desde la atalaya del respeto, y desde hace algún tiempo, desde las páginas de su obra.
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Nacida un 8 de diciembre en la Salamanca prebélica de 1925, dejó este mundo mientras yo andaba lejos, muy lejos, allende los mares, residiendo en la Ciudad de México a comienzos de siglo, en esos albores cada vez más lejanos del nuevo milenio. No supe de su partida terrenal en su momento y he tardado años en leer su obra póstuma, en especial, una novela llamada Los Parentescos, ya que habitaba otros rumbos, y no supe que existía hasta hace unos meses, cuando, explorando los estantes de la biblioteca pública, me topé con ella.
Toda aquella persona dada a deambular por una biblioteca bien surtida conoce el fenómeno de ese libro que llama tu atención. A veces es por el título, otras por la portada o la sinopsis, otras porque conoces al autor o autora y quieres adentrarte más aún en su mundo de ficción. Ese mundo reconfortante donde, a veces, sentimos que no estamos solos, que existen almas afines cuya percepción de la realidad, inteligencia, sentido del humor, humanidad, y sobre todo, sensibilidad, conectan o confluyen con nuestro ser de un modo profundo que no deja de sorprendernos.
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Carmen era de esas escritoras a las que la vida ha dado la oportunidad de encauzar su obra adecuadamente, una de esas escritoras reconocidas y premiadas con los más distinguidos galardones, pese a ello, era, es y será, una escritora de raza, una muchachita rebelde y sin edad cuyo pulso adolescente vibra entre líneas, con un aspecto físico coquetamente estrafalario, que le confiere un aire bohemio e intemporal, con ese gesto acechante y ligeramente mordaz, y esos pequeños detalles en su obra y su atuendo que claman al cielo. Decenas de ellos, tal vez cientos. Pero para resumir mi afecto y agradecimiento, y para motivaros, si eso es posible, a acercaros a Los Parentescos, su obra póstuma, esa obra en la que Carmen depositó su último aliento, y en la que se dejó, literalmente, la propia vida, me quedó con ese pequeño broche prendido a su sempiterno sombrerito de lana en el que podemos leer: Love me.
We love you Carmen. Thank you!
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En el océano virtual

 

Huella-libro isla

Dentro de este contenedor de cristal se encuentra un mensaje que bien podría estar conformado por mil palabras. Lo he escrito para ti, que desde hace tiempo, esperas algún tipo de señal del Universo para aventurarte literariamente a navegar (sin miedo y sin rumbo) por la Red.
mensajenbotella
Pero como cuentan que una imagen vale más que todo aquello que puedas lanzar al océano virtual, elijo el recurso del náufrago, ese al que llaman: “lo último que se pierde”, antes de que mi literaria mente claudique y se entregue al no-tiempo, y mientras escucho a las aves parlanchinas de “Island”, el libro-isla de Aldous Huxley, desgañitarse con sus “Attention! Karuna, karuna” (que vendría a significar, aquí y ahora: Mantén la atención! Ten compasión, ten compasión).
Island

La isla, Aldous Huxley

De hecho, con menos de 140 caracteres, podría hoy en día alcanzar los confines del mundo que tú habitas para encontrarte de nuevo oteando el horizonte, urdiendo a todas horas el modo más rápido y seguro de llegar a buen puerto.
Como simbólico mensaje de optimismo, sólo pretendo dar tregua a esa incesante deriva lectora que te trajo desde un faro-libro (sin mar) hasta mi costa. Y, aunque, al igual que la mayor parte de los náufragos virtuales, me dedico a observar ciclos de luna y mareas desde una isla-computarizada, y no sé qué entiendes por “llegar a buen puerto”, te cedo todas las aves parlanchinas, junto al gesto de enviar un auténtico mensaje en una botella, y también un libro-isla, por si, antes de volver a proyectarte hacia tu anhelado destino, decides hacer escala en el único “puerto” en el que podemos encontrarnos: este preciso (y precioso) momento.

Perdidos en traducciones

Aquellos que viven de la palabra me recuerdan que en el colegio estudiaba latín, por lo que debería traducir “cogito, ergo sum” por “pienso, luego existo”.
Yo que vivo en la palabra, les indico que también estudiaba francés, y que la locución latina es una interpretación del “je pense, donc je suis” de René Descartes.
 Meditationes
“¿Crees en la existencia desligada del pensamiento?”, me pregunta un contertuliano que vive holgadamente del manejo de las palabras.
“Creo, luego… insisto”, le contesto.
“Creencia versus creatividad”, matiza otra contertuliana, estrechando la brecha que separa nuestras posturas con un leve gesto que no logra transmutar en sonrisa.
Admito estar perdida en traducciones, pero hoy en día puedes contar con ayudantes virtuales en la red que, probablemente, atiendan tus necesidades y te ofrezcan una interpretación literal.
Así que sugiero que busquen en esas tabletas móviles interconectadas que todos llevan consigo y… voilà!
Ya que no dispongo de ese tipo de herramientas portátiles tan sofisticadas, espero pacientemente hasta que otro de los contertulianos aporta la siguiente propuesta alternativa al “pienso, luego existo”, que en “francés internauta” traducen por: “je pense, tout de suite existe”.
¡Y ahora sí que la hemos liado! El gallinero cartesiano rechaza de plano la incorrecta traducción para internautas, y opina esto, y aquello, y lo de más allá, sobre el pensamiento y la existencia.
Creo que no debería asistir a tertulias literarias, y mucho menos, filosóficas. No tengo madera de gallo de pelea para discutir con los apabullantes pensadores de salón. Sus mentes parecen estar sintonizadas en una frecuencia de onda tan ruidosa que apenas escuchan lo que los demás quieren transmitir.
Este juego del intelecto, tan alejado del verdadero diálogo, al que ellos llaman conversar, consiste en imponer un discurso brillante y contundente. También habría que señalar la importancia de arrancar con una postura bien definida desde el comienzo. El argumentar con soltura y frenar en todo momento los avances del oponente-interlocutor, son características igualmente valoradas, junto al punzante sarcasmo y la soberbia ironía.
La vida, mientras tanto, transcurre más adentro, donde yo me encuentro preguntándome: <<¿qué demonios hago aquí? Tal vez, la sensación de no encajar, proceda del hecho de existir sin necesidad de pensar>>.
“¿Y si no piensas, sobre qué escribes?”, me increpa un joven escritor, traduciendo a su manera mi prolongado silencio.
Soy incapaz de articular una respuesta cuando alguien, que necesita imperiosamente destacarse, se abalanza hacia mí con la fiereza de una bestia acorralada.
De ser una auténtica tertuliana, dispararía a matar. Otra opción más civilizada sería disparar al aire con un simple: <<No he dicho que no piense, más bien, que no pienso cuando escribo>>.
Pero como no tengo ni la más remota idea de cómo sujetar un arma, me levanto, recojo mis cosas y, caminando hacia la puerta, me giro hacia los tertulianos y les digo lo primero que se me pasa por la mente (sin pensar):
“Sólo sé lo que escribo, y creo lo que soy”.

Niños grandes

Alicia

 Niños grandes somos sólo, 

que comienzan a inquietarse…

Lewis Carroll, Alicia a través del espejo

Acabo de recibir una nota muy amable de una agente literaria ponderando la calidad de un cuento para niñ@s grandes que he escrito este año, pero señalándome que va destinado a un público indefinido. Es decir, que está a caballo (lo cual no deja de ser bastante significativo, ya que los caballos ocupan un lugar primordial en la trama de la historia) entre el mundo adulto y el juvenil, por lo que, según me indica, resulta muy difícil encontrar una colección en la que pueda encajar.
Como escritora que ha sido representada por un par de agencias literarias prestigiosas con las que mantengo una buena relación tras nuestra ruptura, me pregunto cuándo va llegar el día en que conozca a ese editor/a al que “le pongan” los desafíos y no tema enfrentarse con el “temible público indefinido” al que parezco dirigirme, y que pida a sus especialistas en mercadotecnia que se saquen un nuevo concepto de la manga. Si todo está tan bien “encajado”, catalogado y estudiado ya no hay lugar para “Peter Panes”, y mucho menos, para cuánticas “Alicias en Países de Maravilla o tras los espejos”.
Y ahora os pregunto, ávidos lectores y lectoras: ¿creéis que una historia para niños “catalogados” de hoy en día, arrancaría con un prólogo de su autor como el que podemos encontrar en Alicia a través del espejo?
Si no habéis tenido ocasión de leer esta joya para niñ@s grandes de todos los tiempos y lugares, os diré que el matemático inglés Charles Lutwidge Dodgson, inmortalizado en la historia de la literatura como Lewis Carroll, comienza asumiendo que sus lectores saben jugar al ajedrez, y por tanto, plantea una partida que describe en la página siguiente admitiendo, y esto es lo mejor: “que ha desorientado a más de un lector”. ¡Genial! ¿Qué editorial actual osaría desorientar a sus lectores, mejor dicho: a los padres de sus lectores que son quienes compran los libros? Y manteniendo el tono didáctico, e insistiendo en que todo está “correctamente estudiado”, Carroll se atreve a desafiar nuevamente al lector a que se tome la molestia de realizar dichas jugadas sobre el tablero y lo compruebe por sí mismo. Pero ahí no acaba la cosa. Entre el prólogo, y el primer capítulo, incluye un largo poema del que comparto estos últimos versos:

Y, aunque al leer esta historia,

algún suspiro deslices,

porque huyeron “los felices

días del verano” ya,

y, aunque su esplendor

glorioso ya se haya desvanecido,

con su soplo dolorido

al cuento no rozará.

Wow! Diría un niño grande de hoy. “Al cuento no rozará”. Esto es literatura, lo demás, no sé bien qué es. Imagino que entre los miles de libros infantiles y juveniles que se publican, debe haber alguna futura obra maestra que perdure en el tiempo.
Salvando la inmensa distancia que separa mi cuento para niñ@s grandes de un clásico como “Alicia a través del espejo”, estoy en mi derecho de reivindicar mi indefinición, de vivir y escribir a caballo entre el mundo adulto y el juvenil, de ser mujer y a la vez “Peter Pan”, de pensar como “Alicia” y soñar con publicar algún día algo que no “encaje” con el orden establecido por rígidas estructuras editoriales.

Yo estuve aquí

Escribir no te dará para vivir, te hará vivir.
Si aún no has dado el primer paso y te debates a solas con los demonios de la creatividad reprimida, presta oídos a uno de los grandes: William Faulkner, él siempre acierta poner en su lugar al narrador que llevamos dentro.
Aunque hace años que su persona desapareció de este plano material en el que nos encontramos, su obra permanece, al igual que esos atisbos de pura genialidad que emanan de sus pensamientos.
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“No te molestes en ser mejor que tus contemporáneos o predecesores, intenta ser mejor que tú mismo” – William Faulkner

En su escala de valores sobre literatura ponderaba, ante todo, la poesía: “soy un poeta fallido. Tal vez todo novelista quiere escribir poesía primero, descubre que no puede, y a continuación intenta el relato, que es el género más exigente después de la poesía. Y, al fracasar también en eso, sólo entonces, se pone a escribir novelas”.  Sobre su obra y la de sus coetáneos afirmaba: “Ninguno de nosotros logró realizar su sueño de perfección, así que hay que juzgarnos en base a nuestro espléndido fracaso en la realización de lo imposible”.
Desde que aparecieron los contenedores virtuales, blogs y redes sociales donde poder publicar textos de forma directa y escueta, millones de personas comparten a diario toda clase de escritos: citas, poemas o micro-cuentos, tanto propios, como ajenos. Así que podríamos decir que la “literatura breve” está en boga, sin embargo, sigue sin ser valorada como se merece por la mayor parte de los críticos y editores que siguen confabulándose en catalogar al relato como “género menor”.
Hace unos días (tras la concesión del premio Nobel de literatura a Alice Munro, escritora canadiense muy destacada por su narrativa breve) escribí en una red social que la grandeza de un escritor no se mide por el número de palabras que escribe. Y lo reitero en esta bitácora y en cualquier otro soporte en el que se me permita hacerlo.
William Faulkner decía que para ser escritor se necesitan tres cosas: “experiencia, observación e imaginación”. En el caso de un novelista, la experiencia se convierte en un nutrido archivo de donde extraer todo tipo de referencias vitales con las que crear su mundo de ficción. Pero no creo que la experiencia sea un componente crucial en la poesía o la narrativa breve. Como sucede en el ámbito de la física teórica, las mentes preclaras de la ciencia son más dúctiles, audaces e intuitivas en la juventud que en la madurez. Tanto el poeta como el cuentista beben de las fuentes de la intuición y extraen de sus múltiples percepciones la esencia misma de aquello que sienten u observan.
Para Faulkner la finalidad del artista consistía en “detener el movimiento, que es la vida, por medios artificiales y mantenerlo fijo con la suerte de que cien años después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a moverse en virtud de que es vida”.
Visualizar semejante pensamiento, hoy en día, es detener el mundo por unos segundos, minutos, horas, o el tiempo que el lector o lectora decida permanecer en el Universo paralelo propuesto por alguien a quien nunca conoció. Alguien, como William Faulkner, y escuchar de sus propios labios: “esa es la manera que tiene el artista de escribir Yo estuve aquí en el muro de la desaparición final e irrevocable que algún día tendrá que sufrir”.
Hoy estuve aquí, intentando como siempre ser mejor que yo misma y asumiendo “el esplendido fracaso en la realización de lo imposible”, gracias a Faulkner, y a ti, que hoy también llegaste, por unos instantes de tu vida, hasta aquí para leer (con suerte recordar, tal vez, olvidar) que yo estuve aquí.

Werther o nada

Al verte con tu roca a cuestas diría que eres una de esas personas que no comprende la pasión sin lucha. Y si es cierto, como afirma Albert Camus, que “existen los que han nacido para vivir y los que han nacido para amar”, tu espíritu, tanto si ama como si es amado, parece disfrutar de la absurda escalada hacia un clímax sin desenlace.
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 Albert Camus

A veces, cuando nadie parece observarte, sonríes para tus adentros, como si en algún lugar de tu mente se encontrase la clave para desbloquear la sensación de inutilidad. Pero eres incapaz de admitir que “todas las grandes acciones y todos los grandes pensamientos tienen un comienzo irrisorio”, y te aferras a tu roca como si te fuese la vida en ello.

 

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El mito de Sísifo

Cuando te decidiste a leer “El mito de Sísifo”, Albert Camus te llevaba varias décadas de ventaja y andaba lidiando con alguna postrera “creación sin mañana”, mientras tú, afanándote en hallar el perfecto “suicidio filosófico”, te jactabas de tu “absurda libertad” escribiendo diatribas en los efímeros muros de Internet, sin tener en cuenta, como indica Camus, que “en cierto punto de su camino el hombre absurdo es solicitado y… se le pide que salte”.
Me gustaría escucharte decir: “hay que ser Werther o nada”, ahora que tu juventud va quedando atrás y tu “absurda sensibilidad” te ha abandonado junto a la montaña del eterno retorno, y una y otra vez, te encaminas hacia la cumbre con la esperanza de que los dioses te alivien la carga y te permitan, por un instante, descender a esa otra vida en la que confluyen los vanos recuerdos de una infancia feliz, aún sabiendo que jamás lo harán.

Lídia Jorge

Huella-libro murmullo

No sé cómo llegué hasta ella, hasta la vida y obra de esta inquietante autora portuguesa. Tal vez por mi inclinación hacia su país y hacia su gente, tal vez porque leí en algún lugar que existía una obra llamada A Costa dos Murmúrios, y ese cuarto de sangre gallega de las Rías Altas que corre por mis venas presintió, que en algún lugar de esa novela, traducida al español como La costa de los murmullos, apaciguaría por algunas jornadas mi saudade, esa especie de devaneo del alma celta, que te acecha desde la sombra y jamás te da tregua.
La fotografía de Lídia Jorge en la solapa del libro muestra el rostro de una mujer madura que me hubiese encantado (y me encantaría) tener por maestra. He buscado en las fuentes de Internet una fotografía más apropiada para compartir en esta bitácora literaria, una que refleje la sensibilidad y el entramado claroscuro de un ser indefenso ante la grandeza. En su contención frente a la cámara, la escritora lusa, transmite una cierta incomodidad, lo que me provoca de inmediato un sentimiento de complicidad hacia su persona.

Web de la autora

Obra y escritor no suelen confluir por el mismo cauce, pero de cuando en cuando, algún que otro autor, al verse forzado por las circunstancias a ser fotografiado, grabado o filmado por extraños, decide mostrarse tal cual, sin artificios que valgan, según tenga el día, y según le venga en gana.
Por extraño que parezca, esa falta de soltura ante los focos, esas poses coreografiadas (incluidas las sonrisas impostadas) hacen que todo mi cuerpo se ponga en guardia ante un ser humano afín a mi causa. Causa perdida, claro está. La causa de “los autores en tensión frente a las cámaras”.
Y es que si un autor (pese a sufrir diversas fobias) decide hacer pública su obra, debe prepararse para recibir todo tipo de afrentas hacia su persona. Aunque, afortunadamente, si su obra es muy superior a su aspecto físico y su falta de carisma “audiovisual”, lo dejaran un poco atrás por no ser “una figura vendedora”, y paso a paso, y novela a novela, se convertirá en un autor de culto; y tal vez algún día, si persiste en su intento por crear todo aquello que anida en su imaginación, llegue a ser reconocido y premiado, en la vejez o después de haber muerto.
Qué empresa más loable: convertirse en un autor o autora de culto, lejos de la fama y las bambalinas, cerca de los ávidos lectores que aún existen y que seguirán existiendo, cuando esa incipiente generación llamada Kindle sea relegada o destruida por otra generación real o virtual, y cuando ninguno de nosotros estemos ya aquí.
Aún puedo oler algunas de las escenas junto al mar, en esa costa de los murmullos de Mozambique que el Imperio portugués se afana infructuosamente en conservar. Imágenes de paisajes internos que pueblan la mente de los personajes; imágenes de murmullos lejanos que en su constante devenir por las páginas de esta extraordinaria novela, provocan todo tipo de sentimientos encontrados y accionan ese detonante (que en mi caso particular llamo “mi vena celta”), que instiga la voluntad hacia el anhelo por lo indecible.
Os animo a acercaros a la lectura de una de las novelas que más imágenes ha proyectado en mi mente en estos últimos años. Imágenes tridimensionales de alta resolución de una lucidez cegadora, que dudo mucho que la adaptación cinematográfica realizada en 2004 por Margarida Cardoso haya podido captar. Aunque otorgo el beneficio de la duda al film de Cardoso, que me gustaría ver algún día para poder comprobar si existe alguna coincidencia con mi propia película mental.
Valga este humilde homenaje a La costa de los murmullos y a su autora, Lídia Jorge, una de las mejores escritoras en lengua portuguesa de la actualidad, cuya obra, estoy segura, se irá revalorizando con el paso del tiempo.

A Malcolm Lowry

Huella-libro volcán

Hubo un tiempo en que coleccionaba libros que amorosamente distribuía por estantes y librerías, en cajas y hasta en cuartos trasteros.
Por avatares del destino y múltiples traslados, fui perdiendo ese afán coleccionista por el práctico y recomendable hábito de frecuentar bibliotecas.
Aún así, vivo rodeada de libros. Algunos de ellos de un gran valor sentimental para mí. Aunque si tuviese que prescindir de la mayor parte de mi colección, lo haría sin ningún miramiento, ya que los libros que en verdad merecen la pena son los que llevas dentro, los que te han dejado huella. Y no por ser grandes obras maestras o laureadas producciones literarias.
Un libro-huella es otra cosa. Es una conexión aleatoria a una máquina dispuesta por otra conciencia que te expone a una sacudida de alto voltaje, propulsando tu mente hacia otros mundos de sutiles complicidades.

He adquirido libros en muchos lugares y me he desprendido de un buen número de ellos. Pero siempre he dejado espacio en mi equipaje y en mis estanterías para albergar mis dos ejemplares de “Bajo el Volcán”. Uno de ellos en su versión original de tapa blanda, y el otro publicado por el Círculo de Lectores en un preciosa edición ilustrada por Alberto Gironella, y traducida al español por Raúl Ortiz y Ortiz.
Me unen tantas cosas a Malcolm Lowry, y siento tanta fascinación por su vida y sus libros, que aún teniendo que deshacerme de mis pequeñas joyas, no habría forma de perder el rumbo hacia su obra, porque la llevo grabada en mi propio recorrido vital, tanto en mis luces como en mis sombras.
La biografía pública de Malcolm Lowry, a la que cualquiera puede acceder a través de Wikipedia y otras fuentes de Internet, no es precisamente lo que más me seduce ni me interesa del autor de una de las mejores novelas del Siglo XX. Lo que verdaderamente me impresiona de Lowry, es su inmenso talento como narrador y el compromiso con su obra.
Pese a ser considerada por los editores de su época como una novela íntegra y relevante, Lowry tuvo que luchar contra las sugerencias que éstos querían imponerle como: suprimir personajes, reducir el simbólico número de capítulos de 12 a 6 y hasta cambiar de tema. Lo que en palabras del propio autor suponía: <<que echase el libro por la ventana y escribiese otro>>.
Afortunadamente para sus lectores, Lowry no sucumbió a esa obsesión de tantos escritores por publicar a toda costa, y justificó y defendió su creación literaria de influencias extrañas hasta encontrar el editor adecuado que respetase su obra. De hecho, publicó muy poco en vida y mucho más de muerto. Un hermoso guiño hacia México que enaltece al autor de “Bajo el Volcán”, novela sobre la que han corrido ríos de tinta vertidos por múltiples autores consagrados, críticos y demás entendidos, desde su publicación en 1947 hasta la fecha.
Pero si alguien puede transmitir en pocas palabras lo que la trágica historia del ex cónsul de Gran Bretaña en México, Geoffrey Firmin, supuso para Lowry, habría que situarse en el Día de Muertos de 1939, en una idealizada Cuernavaca-Quauhnáhuac, y tras observar los primeros síntomas del protagonista en su naufragio de alcohol y desamor, escuchar de viva voz del escritor: <<Es una profecía, una advertencia política, un criptograma, una película cómica, un absurdo, una frase sobre el muro>>.
Para concluir, podría citar una frase más del autor con la que sintonizo por completo: <<Puede ser considerada como una especie de maquina: funciona, puede creerlo, lo he descubierto a costa mía>>.
Y yo a costa suya, señor Lowry, por el mero hecho de convertirme en una de sus más fieles lectoras; puedo dar fe de ello.
“Bajo el Volcán” nos veremos, en ésta o en alguna otra vida imaginaria; y allá donde usted vaya, también habré estado yo.

A Roberto Bolaño

Huella-libro alacrán

Un 15 de julio como hoy del ya lejano 2003, moría en Barcelona el narrador y poeta Roberto Bolaño, al que conocí un mes más tarde: un 15 de agosto, en Cuernavaca, México. Y por “conocer” me refiero a su legado literario, en particular: a “Los detectives salvajes”, novela que cumple con todos los requisitos que más valoro como lectora: que sea fácil de leer, difícil de asimilar, e imposible de olvidar. Porque un buen libro, al igual que una mutación genética, produce cambios en el ADN del lector.

Tal y como sucedió el “encuentro” con Roberto Bolaño, todo lo que rodeó al suceso, y algunas de las implicaciones que dicho descubrimiento han ejercido sobre mi vida como lectora y escritora, son dignas de ser honradas en esta bitácora literaria bajo la categoría de: HUELLA-LIBRO.
Para empezar, el 11 de julio de ese mismo año, cuatro días antes de que el autor chileno afincado en Cataluña dejase este plano tras una larga enfermedad, yo ponía punto y final al borrador de mi primera novela. Ajena al sufrimiento de sus seres queridos y seguidores, y ajena por completo a la magnitud de su talento, yo (a unos cientos de kilómetros al sur de Barcelona) comenzaba a sentir que había llegado la hora de publicar. Después de décadas de disciplinada escritura de artículos, reportajes, guiones, varios intentos de novelas fallidas, cuentos, relatos y decenas y decenas de poemas, por fin había alcanzado la madurez mental para aceptar que mi vida entre bambalinas tenía las horas contadas.
Y tras el creativo paréntesis mediterráneo, volví de nuevo México. A mi exilio temporal y voluntario, mi “patria del alma”, la fuente de inspiración de ese primer libro, una novela que con los años, y pese haber firmado contratos con agencias literarias, haber revisado y alterado su estructura y contenido por indicación de “bienintencionados editores”, decidí no publicar jamás. Aunque esa es otra historia que enturbia el estado de gracia que supone acabar una primera novela, lo cual es un logro inmenso tras años de sacrificio, de incomprensión o desdén por parte de algunos seres queridos (y no tan queridos), que perciben tu solitaria labor como una especie de anómala actitud ante la realidad.
Hasta que un buen día llega la pregunta que refuerza para siempre tu voluntad de escribir por encima de todas las cosas. La pregunta, en mi caso, fue realizada sin mala intención por uno de esos seres queridos, al verme salir de mi “universo-cuarto de trabajo” con varios folios de prosa fresca en las manos. En ese instante, mi sudorosa y exultante persona, escuchó las siguientes cinco palabras, enmarcadas entre dos signos de interrogación: “¿Y para qué haces eso?”.
¿Para qué? Si tan sólo me hubiese preguntado: “¿por qué haces eso?”. El “por qué”, ya por aquel entonces, era el diáfano espacio que conformaba todo lo que intentaba alcanzar como artista en esta vida. Era el mero contexto de mi existencia, mi razón para expresar el ser que llevo dentro, la gran aventura virtual de perseguir mi integridad. ¿Quién demonios soy yo sin mi memoria, mi percepción de la realidad, sin mi experiencia como mujer en esta Tierra? Sólo siento que “estoy siendo” cuando escribo sobre ello. El resto del tiempo la vida fluye desde la matriz del misterio y ese: “¿para qué haces eso?” me retrae por completo. Significa que para toda persona ajena a tu gran o pequeña obra, tu labor carece de sentido porque nadie te ha validado como narradora. Eres tan sólo una anomalía de la naturaleza que hace cosas extrañas, como encerrarse a escribir “eso” que no dejas leer a otros mortales.
Ese 15 de agosto de 2003 en Cuernavaca, sentada al borde de una alberca de agua cristalina, junto a una bandeja de jícama aderezada con limón y chile piquín y rodeada de un frondoso vergel tropical, me fijé en el libro que una amiga catalana estaba leyendo: “Los detectives salvajes”.

‒¿No has leído a Bolaño, Miryam? Acaba de morir hace unos días. Era un genio.
Y eso fue todo lo que necesité oír. En el momento que mis amigos fueron a comprar provisiones, tomé la novela entre mis manos y efectúe una lectura rápida para percibir la energía del libro, y decidir por mí misma si la obra confluía por el cauce de la genialidad. El impacto fue súbito, tan contundente como el impacto que produce la buena poesía. No sé cuantas horas pasé dando vueltas a lo leído, esperando cualquier ocasión para tener el libro de nuevo entre mis manos. Tampoco recuerdo si fue esa misma tarde, o la tarde del día siguiente, cuando una impetuosa y súbita tormenta de verano, nos obligó a atrincherarnos en el salón de la casa que habíamos alquilado para pasar ese fin de semana. De pronto, nos vimos sumidos en una especie de trance, hasta que la esposa mexicana de un amigo español mencionó, que tras el diluvio, tendríamos que echar un vistazo por toda la casa para ver si habían entrado alacranes.
Fue mencionar los alacranes y venirme de nuevo la visión de una literatura salvaje y poderosa, y en décimas de segundo transformarme en la fuerza que vislumbra cada pequeño detalle que surge de la naturaleza. Y ahí atrapé la visión de un salto afortunado sobre la hija de mis amigos, que sin inmutarse, presenció el enérgico y explosivo pisotón realizado con una endeble chancla veraniega a un metro escaso de su cuerpecito.
‒¡Qué pasó!‒gritó la madre de la criatura.
Entre chillidos y preguntas se conformó un clamor general donde todos querían saber qué onda conmigo. Todos menos la víctima potencial del alacrán. La chiquilla me miró con su sabio rostro de cuatro años que parecía transmitir confianza total en mi persona a la hora de auxiliarla. No parecía agradecida, tan sólo aliviada. Parecía saber que el instinto animal que emanaba de aquella acción la había salvado. Por un instante que nunca olvidaré, esa criatura, yo, el alacrán y la obra de Bolaño, fuimos una misma cosa. Y sólo al dar la vuelta a la chancla, pudimos comprobar que aquel salto feroz no había sido en vano. Perfectamente incrustado en la rojiza y polvorienta suela de goma, se hallaba el alacrán, por siempre inmortal en mi memoria, como símbolo de lo que para mí representa la obra del genial Roberto Bolaño.

Charles Dickens

Huella-libro inmortal

“It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to heaven, we were all going direct the other way”.  Charles Dickens, A Tale of Two Cities

Considerado como el mayor éxito de ficción de todos los tiempos, con más de 200 millones de libros vendidos en su larga trayectoria de novela inmortal, el imaginativo “Tale” de Charles Dickens, traducido al español como una solemne “Historia”, conserva en su arranque todo aquello que hoy en día bien podría ser considerado como un inicio fallido para una novela con ínfulas de convertirse en un Best Seller.
Si actualmente Charles Dickens, el que sin duda es uno de los grandes pilares de la narrativa de todos los tiempos, intentara publicar su “Historia de dos ciudades”, tendría que vérselas con decenas de obstáculos para defender su obra de energías extrañas dispuestas a dar con la fórmula adecuada para hacer llegar su libro al gran público.
En “A Tale of Two Cities” (escrita a mediados del siglo XIX y situada antes y durante la Revolución francesa), un viaje tiempo-espacio a dos de las ciudades más emblemáticas de mi vida: Londres y París, el comienzo lo es todo para llenarte de expectativas, porque tanto en aquel entonces  como ahora: en este presente convulso en que habitamos, Dickens siempre arrancará este cuento de cuentos como si hoy: 19 de junio de 2012, fuera el mejor de los tiempos, el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, la edad de la estupidez, la época de creer, la época de la incredulidad, la estación de la Luz, la estación de la Oscuridad, la primavera de la esperanza, el invierno de la desesperación. Porque tenemos en este mismo instante y en el legado universal de Dickens: todo de nuestra parte, todo en contra, nos dirigíamos (y dirigimos) directamente al cielo, nos dirigíamos (¿y dirigimos?) directamente en dirección opuesta.

 

 


B. Traven

Libro-sin huellas

An author should have no other biography than his books.”  B. Traven

Siempre rodeado de misterio, el autor conocido por B. Traven, transmigró por múltiples e impostadas identidades. En estas fotografías vemos, de izquierda a derecha, a Otto Feige (cerrajero polaco), Ret Marut (actor y periodista radical en Múnich), Traven Torvsan (marinero estadounidense de origen alemán o noruego que desembarca en Tampico, México en 1942), o Hal Croves (cuya identidad dicen que utilizó para presentarse ante John Huston como agente del autor de El tesoro de Sierra Madre, en el Hotel Reforma de Ciudad de México en 1947).
Dicen que B. Traven era realmente hijo ilegitimo del káiser Guillermo, que era anarquista, también cuentan que era defensor a ultranza del anarquista judío Gustav Landauer, pero lo que siempre me ha parecido interesante es que digan que era el novelista de cabecera de Einstein. Desconozco si es cierta esta leyenda, pero me gusta pensar que Einstein disfrutaba tanto como yo de uno de los libros más inquietantes y conmovedores que he leído jamás: Puente en la Selva.


Carlos Fuentes

Una profunda huella-libro

 
He habitado “La región más transparente” en un sentido literal. Siempre estuvo ahí, como una perfecta cuna para albergar aquellos anhelos por lo indecible que motivaron mi voluntario exilio al DF-Babel-Capital. Ya desde aquel cruce de fronteras, a comienzos de los 80 (donde cielo y mar responden al nombre de Ensenada),  supe que algún día volvería a México. Me dije: “algún día te verás en Tenochtitlan”. Estas imágenes tan significativas pertenecen al reencuentro con el creador de dicha “región” a comienzos de la década de los 90:
 
En el plano de las tareas del día a día, más conocidas por “actividad profesional”, el creador-hombre, poseía un bagaje cultural y una fotogenia dignas de conducir una serie de tv llamada “El espejo enterrado”.  Dejé la productora para la que estaba trabajando para sumarme a este proyecto. Al final, vas dejando atrás todo aquello que te aleja del “anhelo por lo indecible”. ¡Gracias y buen viaje, Maestro!

H.D. Thoreau

Dos huellas-libro

Estas dos huellas-libro pertenecieron a mi padre, que las leyó de recién casado a comienzos de la década de los  60. Yo las heredé a los 14 o 15 años, y pese a las decenas de mudanzas que he realizado en mi vida, aún siguen conmigo, tan vigentes como el primer día que las leí. Me gusta pensar que mientras yo daba mis primeros pasos sobre la Tierra, mi padre leía a Thoreau.