Archivo de la categoría: Huella-visual

Boyhood

Bajo la premisa de haber sido filmada a lo largo de 12 años, y utilizando a los mismos actores como punto de partida, arranca esta hipnótica fábula de Richard Linklater sobre el universo texano de un niño llamado Mason, al que en los próximos 165 minutos de duración de “Boyhood” veremos transformarse en otros muchos Mason. Una experiencia visual insólita por el realismo que transmite al espectador.
BOYHOOD promotional poster
Web oficial de la película en español 
El camaleónico (niño-adolescente-joven) actor Ellar Coltrane, secuencia a secuencia, va conformando su personaje desde los 6 a los 18 años, en un proyecto de hombre futuro al que percibimos en todo su candor como un ser dotado de una sensibilidad, que difícilmente augura un final abiertamente feliz-infeliz; aunque, tal vez, tenga una oportunidad. Y ese tal vez, es lo que me mantuvo conectada a la trama, disfrutando de las mutaciones corales de los actores principales, tanto de Ethan Hawke, como de Patricia Arquette, y el de la niña-adolescente-joven Lorelei Linklater, en sus personajes de padre + madre + hermana mayor de Mason. Un verdadero triángulo de las Bermudas para el navegador interno de cualquier niño-adolescente-joven de clase media en plena tormenta hormonal.
“Boyhood” es una de las pocas películas que me gustaría ver otra vez desde el final al principio, volver de nuevo a esa primera imagen de Mason, acostado sobre la hierba, viendo las nubes pasar, esas nubes que fluyen como la vida misma, cambiando de forma, a veces tan lentamente que se precisa de tiempo para percatarnos del cambio, y en otras ocasiones, desdibujando la realidad que conocemos en un abrir y cerrar de ojos.
Una película muy recomendable para (eternos) adolescentes europeos, a los estadounidenses les está vetada con la gran R por aquello de contener algo de sexo y un ligero y timorato consumo de alcohol y cannabis. Eso sí, a los 15 años Mason recibe un rifle y una biblia con las palabras de Jesucristo resaltadas a todo color. Sólo por eso, deberían bajar la guardia en USA y permitir a los sufridos visionario-productores de esta cinta (¡benditos sean por su total fe en un proyecto que, sobre papel, es un total disparate por los numerables riesgos que entraña!) disfrutar de los beneficios económicos que bien merecen por apostar por un CINE con mayúsculas, al igual que de los múltiples reconocimientos que la película está teniendo y tendrá.
 
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A propósito de Llewyn Davis

Vivimos atrapados en diversos mundos paralelos que a veces, cuando convergen, producen una sensación de desasosiego difícil de aplacar.
Los mundos a los que me refiero son básicamente dos: el de la aparente realidad y el territorio virtual (como esta bitácora en la red en la que nos encontramos).
En las primeras semanas de 2014 que llevamos recorridas son muchas las relaciones, amistades reales y/o virtuales que retoman contacto a través de internet para saber qué tal te va y qué planes tienes para este nuevo año. Hasta ahí, todo bien, porque siendo (o figurando ser) criaturas gregarias, no hay nada peor que sentirse ignorado y relegado por la manada.
Sobre sentirse ignorado, comienzo por destacar una de las primeras películas que he visto este mes de enero: Inside Llewyn Davis (A propósito de Llewyn Davis) de Joel y Ethan Coen.
Algunas veces las sincronicidades están ahí mismo: escritas en un muro, sólo para ti.
Sincronicidad como la que experimenta Llewyn Davis en una secuencia de la película (incluida en este tráiler), que es una oda al auténtico perdedor, el cantante folk incomprendido que aparece en escena a destiempo, un poco antes que irrumpa en el Village neoyorkino: Robert Allen Zimmerman (un chico judío de clase media nacido en Minnesota, como los hermanos Coen) con su atractivo disfraz tridimensional de: poeta maldito, fotogénico vagabundo americano y proletario comprometido. Todo un cantautor (rebautizado con un nombre mucho más cercano: Bob, y un poético-maldito remate final por apellido: Dylan), dotado de un talento y una voz que al promotor de turno, como el que aparece en Inside Llewyn Davis (soberbia interpretación la de F. Murray Abraham) le tuvo que sonar a dinero, como a Fitzgerald la voz de Daisy en “El Gran Gatsby”.
Y es que con Bob Dylan, y en Bob Dylan, había para todos los gustos, algo y mucho de: Dylan Thomas, Arthur Rimbaud, Woody Guthrie, y Dave Van Ronk (cantante folk en el que está inspirado el protagonista de la película de los Coen, interpretado por el actor y músico de origen guatemalteco Oscar Isaac).
What are you doing? (¿Qué estás haciendo?). Buena pregunta para esta época del año de anhelos y propósitos encontrados. Propósitos (alguno de ellos) como los que abruman a nuestro antihéroe: Llewyn Davis.
Tanto si tienes dinero en la voz, como si no lo tienes, esta sincronicidad cinematográfica va por ti, porque si has dedicado unos minutos de tu vida a ver el tráiler, has escuchado la canción Fare Thee Well, y pese a ello, sigues leyendo estas líneas, es que: a lo mejor, tú también, andas buscando una pequeña señal del Universo.

La jaula de oro

Regreso de nuevo a este espacio de Huella-visual con  La jaula de oro, una sobrecogedora película de Diego Quemada-Díez, toda una declaración de intenciones ético-cinematográficas, que cuenta con un gran palmarés de premios y menciones especiales en su haber: al reparto completo, dentro de la sección “Una cierta mirada” en Cannes, al mejor director novel en Chicago, el de la crítica a la mejor película en Sao Paulo, y de ahí, hasta San Petersburgo, Tesalónica o Bombay.
LaJaulaDeOroPosterFilm
Cualquiera que ame el cine sabe que los premios y honores no bastan, y que una película con alma, una película que basa su estructura sobre los pilares de la verdad, es una criatura acorralada, como lo son los personajes de esta bella y desgarradora historia sobre El Viaje, el viaje con mayúsculas, como metáfora de la vida, y me atrevería a añadir: de la muerte y la resurrección.
Vi el preestreno de la película el martes pasado y ayer volví a reencontrarme con ella, y con su autor, el propio Quemada-Díez, cineasta burgalés emigrado a Estados Unidos (donde colaboró con Tony Scott, Fernando Meirelles,  Oliver Stone, Spike Lee…) y nacionalizado mexicano (desde donde se proyecta al mundo con esta nueva obra, su primer largo como director).
Tomando un café con él antes de la interesante Master Class a la que fui invitada, que organizó TAI, Márgenes y Golem, tuve ocasión de conocer, de primera mano, algunos de los resortes poético mecánicos que han propiciado semejante gesta. Y sí: gesta es levantar hoy en día una película de corte épico, dirigida por un novel e interpretada por actores no profesionales.
Diez años de lucha, de trabajo de campo y de espera, han llevado al cineasta a construir su historia, a través de imágenes, de poemas, de música, siguiendo las enseñanzas de Ken Loach, con el que aprendió una metodología de trabajo de acercamiento a la realidad: filmando por orden, secuencia tras secuencia, sin que los no-actores conozcan el guión, en localizaciones reales, usando luz natural, sin zooms, ni grúas, y con la atención puesta en la mirada de los personajes.
“Veo el cine como un espejo donde mirarnos colectivamente”, dice Quemada-Díez. “He intentado sumar verdades porque cuantas más verdades contenga una película, más verdadera será”. Al igual que Pasolini, es partidario de la evocación por encima de la representación. Y como influencia en su visión meca-mística del cine me entrega un texto de José Val del Omar donde el fallecido cineasta, inventor, y visionario granadino afirma que: “el técnico que vive lo mágico del cine, debe tener conciencia de su importante papel, debe tener conciencia de su responsabilidad. Sólo se puede coaccionar la libertad del espectador cuando existe un gran motivo poético”.
Consciente de su responsabilidad, y existiendo un gran motivo poético, Diego Quemada-Díez estrena hoy su película en Madrid. Me figuro que en otros lugares ya se ha estrenado o se va a estrenar (atentos lectores y lectoras del continente americano que siguen el blog).
Y antes de dejarles ya con el tráiler de “La jaula de oro” y sus imponentes no-actores: Brandon López (Juan), Rodolfo Domínguez (Chauk), Karen Martínez (Sara) y Carlos Chajón (Samuel), me gustaría resaltar una cita de Val del Omar en la que advierte que: “todo acto transcendente cuesta la vida de quien lo realiza”.
Diez años de la vida de Diego Quemada-Díez se condensan en esta jaula de oro. Toda una década para llegar hasta ese espectador universal que sumar al viaje de tres adolescentes de los barrios bajos de Guatemala que sueñan con llegar a los Estados Unidos, la patria del llamado “American Dream”. ¿Sueño? ¿Pesadilla? ¿Lúcida quimera? Los espectadores, como siempre, tienen la última palabra.


Partes de una familia

Hace unas semanas asistí en la Casa de América al estreno de “Partes de una familia”, una película dirigida por Diego Gutiérrez, cineasta mexicano afincado en Holanda. En un folleto promocional que el propio Gutiérrez me entregó aparece la siguiente frase: “¿Qué permanece tras el lento desvanecer de la pasión amorosa y el pasar de los años?”. Una pregunta a la que este formidable artista responde con una contundente destreza.
posterfilm partes de una familia
Antes de adentrarme en la idiosincrasia de esta memorable apuesta audiovisual, es preciso matizar que Diego Gutiérrez se vale de la no ficción para estructurar su historia, y cuando digo “su historia”, lo hago de forma literal. Ya que “Partes de una familia” es el retrato del matrimonio formado por Gina y Gonzalo Gutiérrez, los padres del director.
Lo más interesante de esta obra, a mi entender, no son las escenas que nos presenta, contenidas, sutiles, impregnadas de una especie de halo “a lo Ingmar Bergman”; lo que verdaderamente te hiela la sangre, es ver a un hijo diseccionar con su cámara cada compartimento estanco en el que habitan sus viejos progenitores.
Aislados y confinados tras los imponentes muros de su fantástico caserón a las afueras de la ciudad de México, construido en un terreno de 4000 metros cuadrados, los Gutiérrez, que llevan más de 50 años unidos en sacrosanto matrimonio, muestran sin tapujos los escenarios donde libran su particular “guerra fría” cotidiana.
Y si padre y madre son los indudables protagonistas, no lo es menos el observador e instigador de esta historia de amor y desamor que permanece atrincherado tras su cámara. Una tríada que nos va adentrando en los entresijos de las pasiones, los desengaños, las frustraciones y esa soledad compartida que tanto resentimiento provoca en la pizpireta Gina. Porque Gonzalo, al único que vemos en algún momento traspasar los muros de su fortaleza familiar para ver salir el sol entre volcanes, los sinsabores de la vida en pareja no parecen afectarle de igual modo que a su esposa. Tras una larga carrera dedicado a sus pacientes, al jubilarse como médico, el doctor Gutiérrez parece haber descubierto su verdadera vocación: la de convertirse en escritor, y además, para celebrar por todo lo alto sus ochenta años, ya está haciendo planes para saltar en paracaídas sobre Valle de Bravo.
Pero nada es lo que parece a simple vista. Ni Gina es una mujer amargada, ni Gonzalo es tan egoísta e insensible. Los matices que subraya en cada toma el hijo-narrador: esas miradas, esos planos en los que como director intenta juntarlos sin éxito, el sonido del tráfico y los ruidos que provienen del exterior, las paredes con alambre de púas, los caballos, los empleados domésticos, todo lo que contiene y se contiene en “Partes de una familia”, transporta al espectador a una hermosa pero asfixiante jaula de oro de la que los personajes insisten en querer escapar.
Mi última incursión en este apartado de “Huella-visual” se remonta al 6 de febrero y, curiosamente, también trata sobre un drama familiar: “El desencanto”, otra película documental que produjo Elías Querejeta en 1976 y dirigió Jaime Chávarri.
El traer a esta bitácora de nuevo una huella de “no ficción” no es algo premeditado. Conforme van llegando hasta mí los sobresalientes impactos de creaciones ajenas, así los voy narrando. Y ahora les dejo con este pequeño paso en dirección a la obra de Diego Gutiérrez, con el que tuve el privilegio de charlar largo y tendido sobre varios de los fragmentos que se me astillaron en la mente y el corazón tras ver su película.


Post Mortem

Leopoldo María Panero, que estás en la gloria…

Aunque tu desquiciada armonía esté en juego, y en tu revolución poética estalles en versos y hagas pedazos el cristal de la belleza, nadie llegará a comprender jamás qué te llevó a perseguir la gloria del fracaso.

eldesencanto

Leopoldo María Panero en “El desencanto”

Ayer te vi de nuevo, engolando una voz que en otro tiempo logró articular palabras como: “escarcha”, “testosterona” y “uterino”. Observé tu devenir entre los restos de un naufragio y las fantasmagóricas presencias de dos seres congelados en una obra audiovisual en permanente reedición. A los fantasmas les llamaremos madre y benjamín, y a la obra nos referiremos por su título oficial: “El desencanto”, una película documental producida por Elías Querejeta en 1976,  y dirigida por un deslumbrante (y deslumbrado) Jaime Chávarri.

Aún puedo escuchar el fondo musical de Schubert, mientras te adentras en el claroscuro universo del padre muerto que fotografió para ti Teo Escamilla, y hasta puedo presentir el próximo salto temporal que, de un momento a otro, realizará el gran editor José Salcedo. Pero antes que esto suceda, es preciso recordar que si tu progenitor, Leopoldo Panero, fue poeta, tú, Leopoldo María Panero, sigues siendo un verso a la deriva en busca del poema perfecto.

Hoy ya no me conmueve ese personaje que, en plena juventud, aparece sumido en el absoluto desencanto, petulante y embriagado de una literaria obsesión por reafirmar su aguda inteligencia. Porque todo ese halo de artista maldito, intoxicado de cultura, alcohol y otras drogas, siempre lúcido en su insolente disfraz de loco, no trastoca ni una sola tilde de tu prosa, y en nada afecta al conjunto de tu obra poética, que a fin de cuentas, es lo único que compartes con los demás.

Intocable e ingrávido, en tu aislamiento voluntario, rechinan los cerrojos que te mantienen alejado del infierno de tu otro hermano, el que también bebe de las fuentes que emanan de esa estatua amortajada en pleno corazón de mi televisor. Porque así suceden las cosas, y de pronto, cuando menos te lo esperas, La 2 programa “El desencanto”, y agazapada en mi sillón, cubierta por los ásperos versos de la cantera Panero, veo por fin el rostro materno tras unos cristales rotos, como sublime representación del más genuino terror.


¿Artista olvidado o desconocido?

Coriat & Winterbottom: un tandem memorable 

Conversando ayer tarde con un amigo al que las palabras siembran de dudas posibles decisiones comprendí, que cuando se llega a una encrucijada verbal, lo mejor es consultar el diccionario.

Tras examinar más a fondo el significado del adjetivo al que mi colega daba vueltas: “olvidado”, llegamos a la conclusión de que lo que define la RAE como algo “no memorable, que no se retiene en la memoria”, era nocivo para formar parte de una creación audiovisual. Ambos alegamos sentirnos más atraídos por otro adjetivo: “desconocido”, que aporta un matiz enigmático a cualquier gesta que se vaya a emprender, matiz que la RAE no tiene a bien considerar, cuando puntualiza que “desconocido” es algo o alguien “falto de reconocimiento e ignorado”.

Un verdadero artista sabe lidiar (con más o menos entereza y perseverancia) el hecho de ser ignorado y el que no se le reconozcan sus méritos. Sobre todo, si ese artista es mujer y trabaja en ese viril latifundio al que llamamos industria audiovisual.

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Web de CIMA

Y es que según los datos que aparecen a fecha de hoy en la web de la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales (CIMA), apenas un 20% de las producciones que se llevan a cabo en nuestro país están escritas o producidas por mujeres. Aunque si esto nos parece sorprendente e injusto, en el caso de la dirección, las estadísticas son mucho más alarmantes: solo un 8% aproximadamente de las cineastas logra dirigir una película.

Ahora bien, en el terreno del “artista olvidado” la cosa cambia, ya que la responsabilidad no recae tanto en la industria, como en el caso anterior, y por consiguiente, no se le puede plantar cara para mejorar la situación. Si nos ceñimos al significado de “olvidado” que nos aporta la RAE, nos topamos de frente con los espectadores (cientos, miles o millones), que tras ver una propuesta artística concreta, no son capaces de experimentar una emoción profunda (negativa o positiva) que fije en su memoria para siempre el nombre del artista, o algunos recuerdos y sensaciones de su obra.

Me vienen a la memoria un cineasta “sobradamente reconocido”, Michael Winterbottom, y una guionista “desconocida” por el gran público que en algunas guías de cine y artículos aparece como Lawrence Coriat, “el guionista de Winterbottom”.

Y me vienen a la memoria porque una de las cosas que más me interesan del cine de Winterbottom es, precisamente, su tándem con Laurence Coriat, una guionista y realizadora francesa afincada en Inglaterra con la que ha colaborado en varias ocasiones.

Junto a ella, y el extraordinario compositor Michael Nyman, conformó una tríada perfecta, realizando en 1999 esa pequeña maravilla de “ingeniería audiovisual” llamada “Wonderland”.

wonderland poster

La sutil “construcción” ideada por Coriat se erige sobre una estructura de profundos cimientos, que aunque imperceptible a la vista, permite a Michael Winterbottom repartir la carga del peso emocional del film sobre sólidos muros de carga, bajo los que se oculta todo un entramado de impecable continuidad.

Alabado internacionalmente por otros trabajos “construidos” por él mismo, o en compañía de otros colaboradores, se encuentran propuestas tan dispares como: “Jude”, “In this world” y “9 songs”.

En su siguiente colaboración con Coriat: “Génova”, realizada en 2008, Winterbottom, decide aumentar su impronta en el film y comparte la autoría del guión con ella, lo cual es bastante común y significativo.

Aunque en su momento no fui al cine a verla por causa del tráiler, que más que incitar a ver la película, te destripaba la trama de tal modo que me echó para atrás, hace poco he tenido ocasión de poder verla (un par de veces además), en uno de esos canales de la TDT que dan varios pases en diferentes horarios. Tengo que admitir que al comenzar la película no me fijé en que el guión era también de Coriat. Pero como he visto algunas otras propuestas de Winterbottom, de inmediato reconocí el pulso narrativo y la energía creativa de la guionista de “Wonderland”, abriéndose paso con su fluidez habitual, a través de los callejones de una ciudad de asfixiante belleza.

Pronto tendremos ocasión de ver la nueva película del director inglés: “Everyday”, y de revivir alguna de las emociones que nos ofreció esa tríada magnifica formada por: Coriat, Winterbottom y Nyman, hace casi tres lustros.

Y aunque de nuevo Winterbottom se erige como coautor del film, al menos deja a un lado rostros “oscarizados” y vuelve a contar con la presencia y las grandes dotes interpretativas de actores como Shirley Henderson y John Simm (que también participaron en “Wonderland”).

Creo que esta película cuenta con visos para convertirse en “memorable”, tanto para los seguidores de Winterbottom, como para los fieles de Nyman, y espero que también lo sea para aquellos espectadores que, de ahora en adelante, recordaran a “el guionista de Winterbottom” como ella se merece, sin artículos masculinos ni femeninos que precedan a su nombre; simplemente como: Laurence Coriat, guionista.


Salvajes en el Thyssen

Mientras las “Cincuenta sombras de Grey” oscurecen el panorama literario, el “Elogio de la sombra” nos recuerda que ahora podemos olvidarlas.

Y del Borges poeta, doy un salto en el tiempo para retomar la visita al Museo Thyssen-Bornemisza, donde por unos instantes emprendemos un viaje a lo exótico del que aún no he regresado. Así es, Paul, tú y yo, y el resto de curiosos o aficionados a la pintura que vamos dejando atrás, conforme nos adentramos en la esencia misma del primitivismo.

Paul Gauguin

“Tú sabes que tengo sangre india, sangre inca, y esto se refleja en todo lo que hago. Es la base de mi personalidad. Intento confrontar la civilización podrida con algo más natural basado en lo salvaje”, dices de pronto, y así queda reflejado en uno de los muros de una sala de la exposición, junto a tu nombre de artista consagrado: Paul Gauguin, y unos lienzos que recrean escenas de voluptuosa y enigmática belleza.

Sigo tu rastro hasta el paraíso tahitiano, observo tus “idas y venidas” a la Martinica, y me pregunto: “¿qué hay de nuevo?”. Pero en esta ocasión la respuesta es un fragmento de “Las afinidades selectivas” de Goethe: “Nadie anda impunemente bajo las palmeras, y el modo interior de ver se transforma ciertamente en un país donde los elefantes y los tigres están en su casa”.

El muro donde se encuentran las huellas de impunes pasos parece clamar: “Haere mai” (¡Venid!) y entonces pagamos el precio de sabernos tigres y comportarnos como elefantes, y nos conmueven las palabras de Goethe convertidas en grafiti museístico, pero a pesar de ello, nos reímos con cierta sorna porque solo son palabras y nuestro diálogo interno requiere de lienzos y espátulas.     

No nos importa el que más tiene, más ambiciona, o más habla. En el fondo, no nos importa nada de nada. Es lo bueno de no vivir la vida de los demás y poder exaltarnos ante la vitalidad de una naturaleza muerta.

Mientras me trasladas al Tahití de 1897, yo te pregunto: “¿de dónde venimos, Paul? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?”, y tú me respondes: “d’où venons nous? Que sommes nous? Où allons nous?”. Es lo que esperaba que me respondieses en tu último cuadro.

De dónde venimos...

D’où venons nous? Que sommes nous? Où allons nous?

Antes de separarnos me cuentas que los tahitianos de tu época,  al encontrarse con un forastero, siempre le formulaban tres preguntas: “o vai ´oe? (¿quién eres?), nohea roa mai ´oe? (¿de dónde vienes?), te haere ´oe hea? (¿a dónde vas?).

Intuyes, que pese a todo, me atreveré a darte una respuesta que bien podría ser: “yo soy otro tú, venimos del mismo lugar y volveremos a encontrarnos”. Pero no digo nada porque las palabras las carga el diablo y estoy a punto de confrontar a un enemigo de lo salvaje, un espécimen de la “civilización podrida” que me indica que me siente para ver un extracto de “Tabú” el film que robó F. W. Murnau a uno de mis ídolos: el cineasta Robert J. Flaherty.

poster Tabou           poster Nanook

Así que ha llegado el momento de lanzarse a navegar por esos mares digitales que traen de nuevo las versiones completas de las obras de Flaherty. Hoy es un buen día para que dejemos las palmeras atrás, revisemos “Nanook, el esquimal”, y disfrutemos de otros paraísos salvajes forjados sobre el hielo.


David Lynch

Huella-visual de elefante

Dentro de la galería mental de lo privado, cientos de imágenes se obstinan por ganar mis favores para fijarse en este breve espacio en el tiempo, y así convertirse en “la primera huella” de esta nueva categoría dedicada a la creación audiovisual.
Si de todas las posibilidades, elijo este pequeño fragmento de The Elephant Man (El hombre elefante)  de David Lynch, es porque la película contiene una serie de secuencias que provocaron (y siguen provocando en mí) una descarga sensitiva y emocional de alto voltaje. Y, tal vez, porque de todos los directores o directoras de cine que siguen en activo, es con David Lynch con quien comparto un buen número de inquietudes y predilecciones, que van desde la obra de Franz Kafka al surrealismo, pasando por los misterios de la conciencia, hasta alcanzar nuestro determinante punto de unión en: The Wizard of Oz (El mago de Oz).

 David Lynch, web del director 

En la película The Elephant Man, ambientada en el Londres del siglo XIX, y basada en la historia real de un hombre monstruosamente desfigurado a causa de una extraña enfermedad llamado  Joseph Merrick, confluyen todos los elementos para consolidar uno de los dramas más bellos y desgarradores que he presenciado en una sala de cine.
Mi reacción ante esta tragedia, magistralmente fotografiada por Freddie Francis, la resume un impecable Anthony Hopkins en este pequeño extracto del film:
Turbada, con un nudo en la garganta, grabé en mi archivo visual a esa preciosa criatura que da vida el dúctil actor británico John Hurt.
Aún no conocía la impactante ópera prima de David LynchEraserhead;  y aún tendría que pasar algún tiempo hasta que otras creaciones suyas se consagrasen en el panorama cinematográfico internacional: Blue Velvet (Terciopelo azul), Wild at heart (Corazón salvaje), Mulholland Drive, o la célebre y enrevesada serie de televisión Twin Peaks.
Tras la colosal “huella de elefante”, no logré encontrar una segunda huella entre las nuevas películas de David Lynch. Como fuegos de artificio, los planteamientos artísticos se fueron sucediendo, dejando tras su paso un reguero de pequeños destellos que han ido perdiendo fulgor con el paso de los años.
Para sostener en mi ánimo todo el bagaje de una obra de tanto peso, tuvieron que pasar casi dos décadas, hasta que Lynch logró seducirme de nuevo con una pequeña (y memorable) historia de sublime contención: The Straight Story.
Basada también en hechos reales, y traducida al español como Una historia verdadera o Una historia sencilla, The Straight Story supone el regreso de David Lynch a la acción fluida y los espacios abiertos del road movie.
De El hombre elefante a Una historia verdadera, la escala cromática del universo de David Lynch dibuja un despliegue de secuencias que parten del imponente claroscuro británico, a los encendidos paisajes de Iowa y Wisconsin. Una escala que ilumina y ensombrece las escenas a su antojo, tanto las delicadas como las claustrofóbicas, aportando matices en la construcción de los personajes que generan una ciega e inmediata empatía hacia ellos.
Los visos de genialidad que pueden observarse en otras muchas películas (y otras producciones audiovisuales) de Lynch (más alabadas, en algunos casos, que las dos propuestas que aquí comparto) auguran futuras y excitantes creaciones de este maestro norteamericano, tan europeo en algunos planteamientos de base como en su propio bagaje intelectual.
En espera de una tercera huella de David Lynch, os dejo en la buena compañía de Alvin Straight, interpretado por un Richard Farnsworth  en estado de gracia. Junto a él, podéis recorrer un trecho del camino que conduce a la reconciliación. Ésta fue la última película de Farnsworth, que aquejado de una enfermedad terminal, se pegó un tiro en su rancho de Nuevo México unos meses después de acabar la película, y también fue la última película del gran director de fotografía, Freddie Francis, que murió en 2007. Un legado que ambos artistas, arropados por la hermosa banda sonora original de Angelo Badalamenti, ofrecieron a Lynch, y que perdurará para siempre en la memoria de sus seguidores.
 
¡Buen viaje!