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Perdidos en traducciones

Aquellos que viven de la palabra me recuerdan que en el colegio estudiaba latín, por lo que debería traducir “cogito, ergo sum” por “pienso, luego existo”.
Yo que vivo en la palabra, les indico que también estudiaba francés, y que la locución latina es una interpretación del “je pense, donc je suis” de René Descartes.
 Meditationes
“¿Crees en la existencia desligada del pensamiento?”, me pregunta un contertuliano que vive holgadamente del manejo de las palabras.
“Creo, luego… insisto”, le contesto.
“Creencia versus creatividad”, matiza otra contertuliana, estrechando la brecha que separa nuestras posturas con un leve gesto que no logra transmutar en sonrisa.
Admito estar perdida en traducciones, pero hoy en día puedes contar con ayudantes virtuales en la red que, probablemente, atiendan tus necesidades y te ofrezcan una interpretación literal.
Así que sugiero que busquen en esas tabletas móviles interconectadas que todos llevan consigo y… voilà!
Ya que no dispongo de ese tipo de herramientas portátiles tan sofisticadas, espero pacientemente hasta que otro de los contertulianos aporta la siguiente propuesta alternativa al “pienso, luego existo”, que en “francés internauta” traducen por: “je pense, tout de suite existe”.
¡Y ahora sí que la hemos liado! El gallinero cartesiano rechaza de plano la incorrecta traducción para internautas, y opina esto, y aquello, y lo de más allá, sobre el pensamiento y la existencia.
Creo que no debería asistir a tertulias literarias, y mucho menos, filosóficas. No tengo madera de gallo de pelea para discutir con los apabullantes pensadores de salón. Sus mentes parecen estar sintonizadas en una frecuencia de onda tan ruidosa que apenas escuchan lo que los demás quieren transmitir.
Este juego del intelecto, tan alejado del verdadero diálogo, al que ellos llaman conversar, consiste en imponer un discurso brillante y contundente. También habría que señalar la importancia de arrancar con una postura bien definida desde el comienzo. El argumentar con soltura y frenar en todo momento los avances del oponente-interlocutor, son características igualmente valoradas, junto al punzante sarcasmo y la soberbia ironía.
La vida, mientras tanto, transcurre más adentro, donde yo me encuentro preguntándome: <<¿qué demonios hago aquí? Tal vez, la sensación de no encajar, proceda del hecho de existir sin necesidad de pensar>>.
“¿Y si no piensas, sobre qué escribes?”, me increpa un joven escritor, traduciendo a su manera mi prolongado silencio.
Soy incapaz de articular una respuesta cuando alguien, que necesita imperiosamente destacarse, se abalanza hacia mí con la fiereza de una bestia acorralada.
De ser una auténtica tertuliana, dispararía a matar. Otra opción más civilizada sería disparar al aire con un simple: <<No he dicho que no piense, más bien, que no pienso cuando escribo>>.
Pero como no tengo ni la más remota idea de cómo sujetar un arma, me levanto, recojo mis cosas y, caminando hacia la puerta, me giro hacia los tertulianos y les digo lo primero que se me pasa por la mente (sin pensar):
“Sólo sé lo que escribo, y creo lo que soy”.
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