Archivo de la etiqueta: Rimbaud

A propósito de Llewyn Davis

Vivimos atrapados en diversos mundos paralelos que a veces, cuando convergen, producen una sensación de desasosiego difícil de aplacar.
Los mundos a los que me refiero son básicamente dos: el de la aparente realidad y el territorio virtual (como esta bitácora en la red en la que nos encontramos).
En las primeras semanas de 2014 que llevamos recorridas son muchas las relaciones, amistades reales y/o virtuales que retoman contacto a través de internet para saber qué tal te va y qué planes tienes para este nuevo año. Hasta ahí, todo bien, porque siendo (o figurando ser) criaturas gregarias, no hay nada peor que sentirse ignorado y relegado por la manada.
Sobre sentirse ignorado, comienzo por destacar una de las primeras películas que he visto este mes de enero: Inside Llewyn Davis (A propósito de Llewyn Davis) de Joel y Ethan Coen.
Algunas veces las sincronicidades están ahí mismo: escritas en un muro, sólo para ti.
Sincronicidad como la que experimenta Llewyn Davis en una secuencia de la película (incluida en este tráiler), que es una oda al auténtico perdedor, el cantante folk incomprendido que aparece en escena a destiempo, un poco antes que irrumpa en el Village neoyorkino: Robert Allen Zimmerman (un chico judío de clase media nacido en Minnesota, como los hermanos Coen) con su atractivo disfraz tridimensional de: poeta maldito, fotogénico vagabundo americano y proletario comprometido. Todo un cantautor (rebautizado con un nombre mucho más cercano: Bob, y un poético-maldito remate final por apellido: Dylan), dotado de un talento y una voz que al promotor de turno, como el que aparece en Inside Llewyn Davis (soberbia interpretación la de F. Murray Abraham) le tuvo que sonar a dinero, como a Fitzgerald la voz de Daisy en “El Gran Gatsby”.
Y es que con Bob Dylan, y en Bob Dylan, había para todos los gustos, algo y mucho de: Dylan Thomas, Arthur Rimbaud, Woody Guthrie, y Dave Van Ronk (cantante folk en el que está inspirado el protagonista de la película de los Coen, interpretado por el actor y músico de origen guatemalteco Oscar Isaac).
What are you doing? (¿Qué estás haciendo?). Buena pregunta para esta época del año de anhelos y propósitos encontrados. Propósitos (alguno de ellos) como los que abruman a nuestro antihéroe: Llewyn Davis.
Tanto si tienes dinero en la voz, como si no lo tienes, esta sincronicidad cinematográfica va por ti, porque si has dedicado unos minutos de tu vida a ver el tráiler, has escuchado la canción Fare Thee Well, y pese a ello, sigues leyendo estas líneas, es que: a lo mejor, tú también, andas buscando una pequeña señal del Universo.
Anuncios

Vampiros Poetas 2.0

Son los nuevos poetas los que reclaman mi atención. Aquellos que frente a sus pantallas de ordenador, o cualquier otro ingenio de las nuevas tecnologías, difunden el gran virus de la poesía por los confines de nuestra aldea global. En su mayoría muy jóvenes, los poetas 2.0, sin los referentes ideológicos ni las turbias experiencias de la generación de sus progenitores, generación a la que de algún modo me adscribo, más que por edad, por empatía ante hechos que prefiero dejar atrás. Hechos que a cualquiera de estos poetas 2.0 que abren hoy su candorosa y/o violenta mente de par en par, situarían en otro tiempo frente a un verdugo, o confinados entre cuatro paredes: en una cárcel o manicomio, apaleados, torturados, o en el mejor de los casos, les abocaría al exilio (forzoso o voluntario).
Pese a no haber sido maleada por siniestros educadores de un establishment al que llamaban dictadura, la nueva generación viene pisando fuerte Y mentar la dictadura les vale madres a estos poetas 2.0 nacidos y criados en democracia, es algo ajeno, una realidad inconcebible, como la Guerra Civil española de la que hablaban constantemente nuestros abuelos. El rollo de la Guerra Civil, admitámoslo, era un peñazo para los poetas adolescentes de lápiz y papel de aquellos convulsos tiempos de la transición.
                     
Lorca, Rimbaud o Baudelaire nos parecían mucho más simpáticos, más trasgresores, más afines a nuestra causa vital de embriagarnos de una existencia sin sentido empapada de belleza. Y en eso nada ha cambiado. Los poetas 2.0 y los de la libretita a cuadros de finales de la década de los 70 comparten, ayer y hoy, una misma adicción a la droga dura de la poesía, un intravenoso compuesto de palabras para el alma. Porque cuando el poema contiene la esencia más pura de la percepción, cuando la imagen mental que dibuja en la conciencia provoca una sacudida de alto voltaje en las entrañas, cuando te quedas sin respiración y caes de rodillas y ríes y lloras y nada vuelve a ser como era, ya es demasiado tarde.
El impacto energético que los poetas 2.0 pueden provocar en las redes sociales (virtuales) no tiene precedente. Y nosotros, los que una vez fuimos jóvenes poetas, seguimos atrapados en el tiempo con nuestros cuadernos y guitarras de cuerdas de nylon, con nuestras emociones a flor de piel al ver a gente de nuestras juveniles correrías colgada en You Tube, acompañando con unas pocas acordes ese memorable Palabras para Julia o esos pasos que hacían (y hacen) camino al andar. Y junto a ese video añejo (que preferiríamos no haber visto), la frescura de una joven con su guitarra acústica entonando todo aquello que jamás podremos olvidar, todo aquello que nos une a todos los enfermos crónicos de poesía: el anhelo de que, pase lo que pase, lo que hoy escribimos “pensando en ti”, algún día, cuando ya no estemos aquí, alguien lo recuerde y se contagie y cual vampiro poeta 7.0 infecte a la siguiente generación de nuevos poetas.