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We love you

Hace tiempo publiqué en esta bitácora un texto titulado Salamanca pretérita que comenzaba así: Hay ciudades que cual virus informático desprograman tu destino. En mi caso particular, y en el de algunos de mis personajes, esa inquietante urbe capaz de trastocar mi suerte es Salamanca.
Por aquel entonces vivía en Madrid, mucho más cerca de la capital charra, y más cerca aún de mis recuerdos de una escritora llamada Carmen Martín Gaite, a la que nunca dirigí la palabra en vida, pero a la que observé de cerca en el Círculo de Bellas Artes o en el Gijón y otros cafés, desde la atalaya del respeto, y desde hace algún tiempo, desde las páginas de su obra.
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Nacida un 8 de diciembre en la Salamanca prebélica de 1925, dejó este mundo mientras yo andaba lejos, muy lejos, allende los mares, residiendo en la Ciudad de México a comienzos de siglo, en esos albores cada vez más lejanos del nuevo milenio. No supe de su partida terrenal en su momento y he tardado años en leer su obra póstuma, en especial, una novela llamada Los Parentescos, ya que habitaba otros rumbos, y no supe que existía hasta hace unos meses, cuando, explorando los estantes de la biblioteca pública, me topé con ella.
Toda aquella persona dada a deambular por una biblioteca bien surtida conoce el fenómeno de ese libro que llama tu atención. A veces es por el título, otras por la portada o la sinopsis, otras porque conoces al autor o autora y quieres adentrarte más aún en su mundo de ficción. Ese mundo reconfortante donde, a veces, sentimos que no estamos solos, que existen almas afines cuya percepción de la realidad, inteligencia, sentido del humor, humanidad, y sobre todo, sensibilidad, conectan o confluyen con nuestro ser de un modo profundo que no deja de sorprendernos.
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Carmen era de esas escritoras a las que la vida ha dado la oportunidad de encauzar su obra adecuadamente, una de esas escritoras reconocidas y premiadas con los más distinguidos galardones, pese a ello, era, es y será, una escritora de raza, una muchachita rebelde y sin edad cuyo pulso adolescente vibra entre líneas, con un aspecto físico coquetamente estrafalario, que le confiere un aire bohemio e intemporal, con ese gesto acechante y ligeramente mordaz, y esos pequeños detalles en su obra y su atuendo que claman al cielo. Decenas de ellos, tal vez cientos. Pero para resumir mi afecto y agradecimiento, y para motivaros, si eso es posible, a acercaros a Los Parentescos, su obra póstuma, esa obra en la que Carmen depositó su último aliento, y en la que se dejó, literalmente, la propia vida, me quedó con ese pequeño broche prendido a su sempiterno sombrerito de lana en el que podemos leer: Love me.
We love you Carmen. Thank you!
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Salamanca pretérita

Hay ciudades que cual virus informático desprograman tu destino. En mi caso particular, y en el de algunos de mis personajes, esa inquietante urbe capaz de trastocar mi suerte es Salamanca.
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Si en la novela “Un faro sin mar” adjudiqué a Edgardo Ángeles un supuesto origen salmantino fue para situarlo en el Puente Romano, caminando bajo la nieve, y para poder oírlo hablar con ese acento ligeramente cortante y solemne que a todos los Mediterráneos nos parece “tan castellano”. Pero sobre todo, para que transmitiese su fascinación hacia esa energía que irradia Salamanca, tan fina y hermosa, que hasta duele mirarla. Sólo algunos lugares de América del Norte, y en especial de México, son capaces de producirme una sensación de paramnesia tan potente como la que me produce Salamanca. Y tal vez por ello (caigo ahora en la cuenta), trasladé a otro de los personajes del libro, apodado “El Cometa”, una fijación premonitoria hacia Banff, Canadá. Uno de los enclaves geográficos más “virales” con los que el sino de mis criaturas de ficción (y yo misma) nos hemos topado por esos mundos lejanos.
Es probable que la simple lectura de estas líneas traiga a su memoria el recuerdo de su ciudad pretérita, ese particular entorno que afecta el modo en que percibe la realidad, ese lugar (desvinculado por completo de sus gentes y sus costumbres actuales) cuyo aliento parece incitarles, acariciarles, donde el tiempo se ralentiza y fluye al compás de un intrínseco abandono. He ahí la señal: esa especie de hipnótica laxitud que, cual hito en nuestro deambular por esta vida, señala el comienzo de un verdadero romance. Porque así es como se presenta la corazonada (que no es más que un ardid), como una sincronía perfecta que alienta el reencuentro con el misterio.
Mi amigo, el físico teórico David Peat, me contó hace años que ningún alquimista podía trabajar sin un contenedor, y Salamanca es exactamente eso: un contenedor alquímico.
En “Un faro sin mar” Edgardo Ángeles parece estar en sintonía cuando escribe al ave de paso: “Sé que la imagen de una pirámide subyuga tu atención del mismo modo que mis pasos son atraídos por la Plaza Mayor de Salamanca. Por eso te escribo desde este lugar: el corazón de una ciudad que nunca existió para los dos, y que sin embargo, nos acerca”.
Dicen que todos los caminos llevan a Roma, pero… ¿a qué Roma/amoR? ¿A la capital de Italia o a Roma la chica? Es decir: a Salamanca. Mis pasos son atraídos de nuevo hacia el mítico territorio de mis propias fantasías, a más de 800 metros sobre el nivel del mar, la altura adecuada para conformar un buen nido de ficción.
Tal vez me aleje por un tiempo de estos lares virtuales, y aunque me aguardan algunas encrucijadas, seguiré escribiendo, y confío que a mi regreso a esta bitácora, pueda compartir con mi gente algún que otro cuento.