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F. David Peat, Mentor Maestro Mago. In memoriam

Quiero pensar en David bailando alegremente, más allá del orden implicado, en esa otra dimensión del misterio, al fondo del mismo acto creativo, en el Big Bang de las grandes y pequeñas cosas que conforman la realidad de los que estamos de este lado del infinito.
Quiero pensar en él, y olvidar que se ha ido, que su cuerpo se ha disuelto en el aire, y que nunca volveremos a vernos en este plano que llamamos vida.
David in Pari foto Miryam Servet
F. David Peat fue, es, y será algo más que David para mí y para el resto de los seres a los que trató e inspiró. Si de algo me siento feliz es de haberlo reconocido nada más posar mis ojos sobre el primer libro suyo que cayó en mis manos: Sincronicidad. Fue en un mes de mayo, a finales de la década de los 80, en un avión rumbo a Madrid. Décadas más tarde, en nuestra aventura común de viajar sin fin hacia Turtle Island, realicé esta fotografía que refleja, como ninguna otra, el sutil baile que desdibuja la percepción de la materia.
F. David Peat © MIRYAM SERVET
David, entre otras muchas virtudes, poseía una jovial disposición hacia la alegría, y una admirable capacidad de deleite ante el júbilo de estar vivo. Por ello, quiero recordarlo así: bailando entre mundos, coreografiando sobre la marcha pasos y gestos de verdadera acción gentil, sincronizando experiencias y transmitiendo esa sabiduría que el tiempo reconoce como suya, y el universo absorbe y proyecta sobre sus lectores, amigos, parientes y familia cercana: esposa, hijos y nietos, a los que David amaba sobre todas las cosas.
Los átomos no imploran descanso eterno, cualquier resquicio material envuelto en la energía de David baila en este instante en que nosotros invocamos su recuerdo, y proclama a los cuatro vientos todo aquello que conforma su esencia.
PARI foto Miryam Servet
Lean sus libros, viajen a Pari, abracen a sus seres queridos, rían, coman y brinden por él, pero ante todo, no dejen de maravillarse ante el misterio de la vida, celébrenla como él hacía: simplificando la existencia, siendo gentiles con el prójimo y respetando la naturaleza.
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A propósito de Llewyn Davis

Vivimos atrapados en diversos mundos paralelos que a veces, cuando convergen, producen una sensación de desasosiego difícil de aplacar.
Los mundos a los que me refiero son básicamente dos: el de la aparente realidad y el territorio virtual (como esta bitácora en la red en la que nos encontramos).
En las primeras semanas de 2014 que llevamos recorridas son muchas las relaciones, amistades reales y/o virtuales que retoman contacto a través de internet para saber qué tal te va y qué planes tienes para este nuevo año. Hasta ahí, todo bien, porque siendo (o figurando ser) criaturas gregarias, no hay nada peor que sentirse ignorado y relegado por la manada.
Sobre sentirse ignorado, comienzo por destacar una de las primeras películas que he visto este mes de enero: Inside Llewyn Davis (A propósito de Llewyn Davis) de Joel y Ethan Coen.
Algunas veces las sincronicidades están ahí mismo: escritas en un muro, sólo para ti.
Sincronicidad como la que experimenta Llewyn Davis en una secuencia de la película (incluida en este tráiler), que es una oda al auténtico perdedor, el cantante folk incomprendido que aparece en escena a destiempo, un poco antes que irrumpa en el Village neoyorkino: Robert Allen Zimmerman (un chico judío de clase media nacido en Minnesota, como los hermanos Coen) con su atractivo disfraz tridimensional de: poeta maldito, fotogénico vagabundo americano y proletario comprometido. Todo un cantautor (rebautizado con un nombre mucho más cercano: Bob, y un poético-maldito remate final por apellido: Dylan), dotado de un talento y una voz que al promotor de turno, como el que aparece en Inside Llewyn Davis (soberbia interpretación la de F. Murray Abraham) le tuvo que sonar a dinero, como a Fitzgerald la voz de Daisy en “El Gran Gatsby”.
Y es que con Bob Dylan, y en Bob Dylan, había para todos los gustos, algo y mucho de: Dylan Thomas, Arthur Rimbaud, Woody Guthrie, y Dave Van Ronk (cantante folk en el que está inspirado el protagonista de la película de los Coen, interpretado por el actor y músico de origen guatemalteco Oscar Isaac).
What are you doing? (¿Qué estás haciendo?). Buena pregunta para esta época del año de anhelos y propósitos encontrados. Propósitos (alguno de ellos) como los que abruman a nuestro antihéroe: Llewyn Davis.
Tanto si tienes dinero en la voz, como si no lo tienes, esta sincronicidad cinematográfica va por ti, porque si has dedicado unos minutos de tu vida a ver el tráiler, has escuchado la canción Fare Thee Well, y pese a ello, sigues leyendo estas líneas, es que: a lo mejor, tú también, andas buscando una pequeña señal del Universo.

El mago de Oz

Una niña española residente en Londres asiste al estreno de la película “The wizard of Oz”. Es su primera experiencia en una sala de cine. La mezcla de fascinación ante el inquietante espectáculo de celuloide, y el inmenso pavor que le produce “la bruja de cara verde”, hace que la niña se traslade desde la sala de cine londinense al mundo paralelo de Oz, donde como observadora de una trama “virtual”, es dueña y señora de su propia percepción de la realidad. A partir de ese momento, trastocará para siempre cualquier argumento cinematográfico, hasta el extremo de cambiar el final de películas tan emblemáticas como “Doctor Zhivago” sin el menor miramiento, y con plena convicción de que el espectador/observador es quien tiene la última palabra sobre lo que percibe en la pantalla de forma directa o subliminalmente.
Muchos años más tarde, en 1982, la hija de “esa niña española residente en Londres”, viajando de Missouri (donde ha participado en un concurso Universitario llamado “College Bowl”) a Oklahoma (donde reside), se convierte en espectadora de una película mental: un salto al mundo de Oz mientras cruza el estado de Kansas en una camioneta con el resto del equipo con el que ha representado tan dignamente al estado de la Tierra Roja en las regionales (el equipo ha quedado subcampeón). En una noche cerrada, observando los patrones luminosos de las poblaciones que van quedando atrás, sonríe para sus adentros recordando a su madre y sus “reconstrucciones de la realidad impuesta”. Justo a su regreso a casa, le sorprende una oportuna reposición de “The wizard of Oz” en uno de los múltiples canales americanos.
En 2004, una serie de relatos no conectados entre sí, encuentran un lugar en una “imagen mental”, la del poster de la película de “El mago de Oz” (por aquel entonces, la hija de “esa niña española residente en Londres”, no conocía personalmente a su amigo, el físico teórico F. David Peat, aunque hacía más de 15 años que leía sus libros, en especial “Sincronicidad”, libro que leyó junto a “La totalidad y el orden implicado” de David Bohm, a finales de los 80). Buscó el poster de “El mago de Oz”, con sus 3 personajes masculinos y 1 femenino, caminando por el camino amarillo… y entonces sucedió: Dorothy se transmutó en Dulce, y la trama cobró vida en una recreación alejada por completo de Kansas y Oz, donde en vez de magos hay aves de paso y donde el orden implicado de Oz se convierte en un territorio mítico donde fecunda la imaginación: el Barrio Universitario de la Ciudad de Madrid y algún que otro salto en el espacio a otro lugar de conocimiento occidental: Salamanca, pero también a mundos distantes habitados por los indios “Blackfoot”, como Banff, Canadá.  Aunque no fue hasta 2010 que “Un faro sin mar” se convierte en la novela que es hoy, es registrada en la propiedad intelectual, y comienza su aventura en busca de la figura del lector/observador a través de la publicación (acto que no va a demorar por más tiempo. Fija en su mente la primavera de 2012 como fecha límite para encontrar el ámbito más adecuado para hacerlo).  La energía original de la historia permanece entre sus páginas de papel o virtuales (discrepo de que la lectura virtual sea menos intensa o memorable que la lectura de un libro de papel. Todo depende del libro, y de lo que la persona perciba al leerlo).
Leer es un viaje apasionante a una realidad aparte donde podemos interactuar con seres imaginarios, a veces más reales e influyentes que nuestras propias relaciones “de  este lado”.  El cine es otro vehículo fascinante para percibir nuevos mundos. Me gusta recordar que la primera película que vio mi madre en su vida fue “El mago de Oz”.